Iluminación al tronar de los cañones. Acerca de la Restauración Meiji.

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Iluminación al tronar de los cañones. Acerca de la Restauración Meiji.

Mensaje  Gabriel_Sarando el Miér Feb 24, 2010 11:09 am









“Todo tu saber viene de tu propio enemigo”.
Franz Kafka. Diarios.



Cuando en el siglo XVI los primeros barcos portugueses que transportaban la seda china a Venecia y Lisboa comenzaron a recalar en los puertos japoneses para comprar perlas y ambar gris, los jesuítas descubrieron la disponibilidad religiosa de los japoneses y solicitaron permiso para difundir su religión a cambio de conocimientos tecnológicos, geográficos y militares que sedujeron a varios Daimyo de las zonas costeras.
Comienza aquí el primer capítulo de la relación entre Occidente y Japón. Un capítulo que sería cerrado menos de un siglo después con la rebelión Kirishitan y el asedio al castillo de Shimabara en Kyushu, una de las batallas más duras del medioevo.
El primer efecto de la llegada de los portugueses fue el de proveer a los habitantes de las islas de una imagen del mundo mucho más compleja de la que su historia precedente les había ofrecido. Los primeros mapas de un mundo esférico, con inconmensurables océanos y cinco continentes, habitados por innumerables pueblos, dominado por bárbaros de piel rojiza y largas barbas, sorprendieron a los académicos acostumbrados a un mundo de dos dimensiones y enfrascados en su obsesivo estudio de los clásicos chinos.
El cristianismo, sedujo a varios miembros de las clases subordinadas e incitó en ellos un ansia de emancipación que muy pronto se volvió subversiva para una cultura dominada por jerarquías milenarias. Finalmente, el cristianismo fue prohibido, los bárbaros expulsados y el país sellado como un ánfora —Sakoku—, para protegerlo de la contaminación exterior.
El primer contacto con el mundo occidental había quedado atrás. La seclusión duró casi trescientos años, pues solamente la isla de Deshima permaneció abierta a los barcos holandeses que fueron desde el siglo XVII los únicos tolerados en aguas japonesas.


Frente a los imperios occidentales

Desde 1739 los barcos rusos fueron vistos con frecuencia creciente. El poblamiento de Siberia se desarrollaba a un ritmo sostenido y el Imperio Ruso extendía gradualmente su dominio por el extremo oriente. A mediados del siglo XVII los rusos habían llegado al Rio Amur, más tarde, ocuparon la península de Kamchatka y desde allí dirigiéndose a Sajalin, se apoderaron de las islas Kuriles y comenzaron a colonizar Hokkaido.
En 1771 un barco ruso fue hundido en Awa, Shikibu. Grupos de tratantes de cueros desembarcaron en Kunashiri —Kuriles—, en 1778, pretendiendo establecer relaciones comerciales. En 1786 otro barco ruso llegó a Hokkaido. Ese mismo año el Bakufu ordenó un reforzamiento de las defensas costeras en las regiones del norte.
En 1792, Laxman, un enviado de Catalina II, llegó a Matsumae, Hokkaido, y solicitó formalmente el establecimiento de relaciones diplomáticas. En 1764, los rusos ya habían abierto una escuela de navegación en Irkustsk y le habían adjuntado un departamento de lengua japonesa en 1768.
Ante los avances de las fuerzas navales rusas, la maquinaria militar del shogunado se puso en funcionamiento y el tema de las defensas costeras fue colocado en el primer rango de los problemas nacionales.

El Imperio Ruso no estaba solo en sus persistentes esfuerzos para abrir las puertas del Japón; en 1808, el buque inglés Phaeton humilló al gobierno abriéndose paso a cañonazos hacia el interior del puerto de Nagasaki. Como consecuencia de esta violación el comisionado del puerto tuvo que realizar el seppuku.
El país ya estaba en crisis cuando, en 1853, el comodoro Perry, al mando de tres fragatas americanas, llegó a la bahía de Uraga, cerca de Edo, pidiendo que Japón fuera abierto a la navegación y al comercio. Todo esto ocurría sólo cinco años después de que Estados Unidos anexara California.


Iluminación

“Mientras que los chinos están retrogradando sostenidamente y lo
seguirán haciendo hasta que el Imperio se caiga a pedazos; los
japoneses, aunque aún no se encuentran en un estado de avance progresivo
están en condiciones de aprovechar el flujo de luz que está por
derramarse sobre ellos”.
Lawrence Oliphant. Narrative of the Earl
Elgin’s Mission to China and Japan in the years 1857, ’58, ’59.



Ante el colapso de las defensas costeras la debilidad de las islas se hizo evidente, provocando el amargo despertar de quienes no habían sabido valorar los signos de peligro inminente. El llamado “iluminismo” japonés no fue, por lo tanto, el resultado de una pasión por el conocimiento, ni un reflejo cultural de imitación, sino una reacción ante la brutal confrontación con el militarismo occidental que planteaba un peligro para la propia supervivencia de la nación.
Por eso, después de acusar el impacto de las armas modernas, los Samurai de distintos feudos y sectores siguieron apasionadamente los estudios holandeses —Rangaku—, que les permitirían muy pronto descifrar la compleja tecnología de las armadas rusa, estadounidense y británica que habían atacado sus costas.
Por su parte, el Bakufu acabó cediendo y los tratados para la apertura de dos puertos fueron firmados. Esta fue una completa reversión de la política en la que el gobierno militar se había acantonado para oponerse a los proyectos nacionales de oposición al imperialismo occidental.
El descontento ante la humillante imposición extranjera y la claudicación del gobierno militar en Edo, generó varias respuestas políticas; la escuela Mito, dirijida por Tokugawa Nariaki, que contaba con dos exponentes principales Fujita Toko y Aizawa Seishisai, abogaba por una solución radical: “la Restauración del Emperador y expulsión de los bárbaro extranjeros” —expresada en el motto Sonno joi.
Otro grupo, más conciliador, proponía el llamado Kobu gatai: “la unión la Corte y el Shogunado” para fortalecer a la nación políticamente. En la esfera cultural llamaba a la adopción de la ciencia y el arte occidentales, preservando la ética oriental. El portavoz más importante de esta tendencia era Sakuma Shozan —1811-1864— quien planteaba abrir las fronteras al comercio y aprender la nueva tecnología militar indispensable para la defensa del país.
Además de estas grandes tendendencias reformadoras que representaban a los sectores dominantes, existían grupos disidentes en los estratos más bajos de la jerarquía Samurai. Estos sectores habían sido influenciados por las escuelas disidentes del siglo XVIII, fundamentalmente el Yomeigaku y la Yamaga Ryu, fundada por Yamaga Soko.
Representaban un nuevo fenómeno social: “el ascenso por medio del pincel”, sus líderes eran Samurai de la pluma dedicados a la enseñanza en los miles de escuelas que el despotismo ilustrado había abierto en todo el país.
Los maestros, a diferencia de la mayoría de la gente, parecen haber tenido la capacidad de moverse libremente por el país sirviendo a diferentes Señores. Es verdad que, también los estudiantes estaban autorizados a viajar —y eran estimulados a hacerlo— para continuar sus estudios en las escuelas de Edo, Osaka y Nagasaki. Esta intelligentsia errante jugó un papel en el desarrollo de la educación y tuvo considerable significación para la emergencia del nacionalismo moderno en el siglo XIX.También lo hizo el hecho de que la mayoría de los hombres educados poseyera un vocabulario político común, derivado del estudio de los clásicos chinos.
Era poco probable que el cuestionamiento a los valores establecidos se produjera en las numerosas escuelas locales —Terayoka—, que fueron establecidos durante los últimos años del período Tokugawa por Samurai, sacerdotes y líderes de los pueblos. Estas escuelas no proveían más que un entrenamiento elemental: lectura, escritura y aritmética junto con un adoctrinamiento básico en los valores fundamentales. Pero su efecto fue de gran significación en el largo plazo. Por una parte alfabetizaban a un substancial segmento de la población —alrededor de 40 % de muchachos y 10% de chicas en 1868— lo que tendría una importante implicancia para el desarrollo de la cultura, la tecnología y la opinión pública en el período Meiji.
Durante la misma época, algunos se volvieron recelosos ante el aumento de la educación en las clases bajas. Tal como lo dice el autor de un tratado del año 1817, cuando las clases bajas adquieren una ‘pequeña habilidad en las letras’ tienden a volverse arrogantes y a mirar con desprecio a sus iguales, desoyen a sus mayores y cuestionan las instruciones de las autoridades’.
En muchas de las escuelas locales, los Samurai aprendían los conocimientos necesarios para la administración local, allí también eran admitidos los líderes de las aldeas, los hijos de los campesinos de familias con tradición ji samurai. Se estudiaba a los clásicos chinos, según la ortodoxia del Shushigaku, no obstante, las escuelas heterodoxas de Bushido encontraron en este medio un lugar ideal para su labor proselitista. De esta manera, un nuevo partido de la inteligencia Samurai de bajo rango empezó a diseñarse lentamente, siguiendo las huellas de la disidencia contra el despotismo ilustrado que varios neoconfucianistas habían protagonizado ya en el siglo XVIII.
Este proceso de toma de conciencia nacional fue potenciado por la alarmante situación agraria. A mediados del siglo XVIII comenzaron a insinuarse los primeros síntomas de una crisis en el ecosistema campesino que había sostenido al gobierno Tokugawa. Los retornos decrecientes de la explotación agraria, la generalización de la economía monetaria, la constante inflación en los precios no agrícolas, fueron fenómenos que produjeron un retroceso general en el ingreso de la población rural. A esto debe agregarse el incremento demográfico paliado dramáticamente con el infanticidio.
El numero de revueltas por hambre y de saqueos a los depósitos de arroz
uchikowashi— se multiplicó notablemente en las eras de Horeki, Meiwa,
An’ei y Tenmei —1751/89—.
La rebelión de Tenmei, en 1787, comenzó en
Osaka y estalló simultáneamente en Kyoto, Nara, Fushimi, Sakai, Yamada,
Kofu, Suruga, Hiroshima, Nagasaki, esparciéndose por todo el país; la
insurrección de Edo fue tan violenta que constituyó el peor desastre
desde la fundación de la capital.
Motori Norinaga, el padre de los estudios nacionales, no pudo permanecer callado ante la crisis social, su voz se hizo sentir en defensa de los desposeídos:
"En tiempos de paz uno nunca escucha acerca de un gran número de campesinos
y comunes armándose en bandas para hacer demandas por la fuerza y
sublevarse. Tales incidentes eran raros aún en el cercano pasado. Pero
ultimamente estos incidentes han estallado por todos lados y ya no se
trata de casos aislados ... Después de pensar en la causa de estos
incidentes, creo que han sido provocados por los errores de los de
arriba y no por los de abajo".(1)

Desde 1762 los decretos del Bakufu para contener las rebeliones campesinas se multiplicaron: en 1767, 1769,1770, 1771, 1777, 1783 y 1788 se repiten las leyes y medidas represivas que pretenden paliar la dramática situación del campesinado con la vieja medicina feudal.

La necesidad de controlar la creciente disidencia en las filas Samurai implicó, asimismo, una restricción de las interpretaciones del Bushido que se habían multiplicado desde las reformas de la era Kyoho. Los incidentes de las eras de Horeki —1751/64— y Meiwa —1764/72— en las que Takenouchi Shikibu, Fuji Umon y Yamagata Daini estuvieron envueltos, son significativos porque en ellos aparece, por primera vez, un conflicto entre los partidarios de la causa imperial —Sonno— y las autoridades militares.
En un registro de las investigaciones llevadas a cabo por el Bakufu contra Takenouchi Shikibu aparece el siguiente diálogo:

—¿Cree ud. que el país está en peligro?
—Si, creo que estos son tiempos de precariedad. En mis conferencias me he autocensurado, pero ahora que usted me pregunta por mis verdaderos sentimientos, no tengo ninguna razón para mentir. Sinceramente, creo que la sociedad está en una situación precaria.

Daini por su parte, escribió en su Ryushi Shinron —Nuevas ideas de Ryushi:
Aquellos que conducen los asuntos del gobierno en la actualidad son incapaces de formular sus propios planes y producir sus propias ideas. Siempre están envueltos en las ideas del pasado y sin considerar la importancia de una cuestión exclaman: ‘es una tradición, es una tradición’.

En agosto de 1767, Shikibu fue exilado a la isla de Hachijo; Daini y Umon fueron ejecutados. La prohibición de Kansei contra los estudios heterodoxos —Kansei igaku no kin— marcó una época de reforzamiento del control ideológico frente a los disturbios sociales y políticos. Aparentemente sólo se trataba de un decreto de la escuela Hayashi para reforzar la ortodoxia en las academias gubernamentales pero, en realidad, todas las corrientes opuestas al Shushigaku se vieron afectadas. El edicto fue publicado por las insólitas disputas teóricas provocadas por las ideas de la llamada “Escuela de la Antigua Enseñanza”.

Las numerosas rebeliones campesinas, la disidencia en la interpretación del Bushido y el paulatino esclerosamiento del sistema del gobierno militar Tokugawa —Tokugawa Bakufu—, provocaron un desgaste político de tal magnitud que el período fue bautizado como Bakumatsu: «época de la decadencia del Bakufu».
El Kokutai —sistema nacional— basado en el reino eterno del Mikado y el
gobierno secular de la familia Tokugawa, había durado más de doscientos años,
ahora demostraba su incapacidad para hacer frente a las presiones
internas y externas.
En 1854, cuando el gobierno firmó los acuerdos “inequitativos” de Kanagawa, que abrían el pais a los extranjeros, las condiciones para una revolución política se precipitaron.




Gekokujo

Torajiro
Niju ikkai moshi

Yoshida Shoin


Es difícil explicar el desgarramiento que el movimiento revolucionario produjo en el tejido social del Japón, una país que había hecho del respeto del rango social y de la obediencia irrestricta su fundamento político. Gekokujo, es el término tradicional con el que se calificaba en la antiguedad a las rebeliones sociales, la palabra significa literalmente: “los de abajo oprimen a los de arriba”.
Para una sociedad fundada en el estricto respeto de las jeraquías, la inversión de la pirámide sólo podía significar un desastre. Pero con esa flexibilidad que caracteriza a la cultura japonesa, un sutil desplazamiento de los significados dió lugar a una nueva forma de legitimación del poder revolucionario.
Desde la gesta del héroe nacional Masahige Kusunoki —en el siglo XIV—, la noción de Restauración Imperial —Ishin— se contraponía a la autocracia de los gobiernos militares; si bien Masahige había fracasado en su lucha por la sucesión de Godaigo, la nobleza de sus ideales, su entrega suicida a la causa imperial, crearon el paradigma de una rebelión legitimista contra las pretensiones absolutas del Bakufu.

Muchos líderes de la insurrección pertenecían a regiones costeras que habían estado expuestas a las incursiones de Perry y experimentaron en carne propia el poder de las armas occidentales. Estos jóvenes Samurai comprendieron rápidamente que, al colapso de las defensas costeras, seguiría un efectivo bloqueo naval y quizás una invasión extranjera. El peligro era tan grande como en aquellos días funestos en los que la flota mongola había amenazado la supervivencia de la nación japonesa, ahora ya no podía esperarse ninguna salvación mágica de los dioses del mar. En la era del poder marítimo global era imposible confiar en la protección de los elementos. Los que se aferraban al pensamiento mágico debieron dejar lugar a los pragmáticos que decidieron emplear la tecnología del enemigo y fusionarla con el espíritu nacional.
Los líderes revolucionarios que tomaron el poder en 1868 y se dispusieron a construir el nuevo régimen, eran estadistas “iluminados” cuyo móvil era la creciente amenaza del poder Occidental. También se afirma que fue su tradicional lealtad hacia el Emperador la que llevó a la acción a los lideres de Meiji.

La turbulencia política de los 1850’ y 60’ es vista por los historiadores como independiente de las reformas institucionales producidas por los estadistas posteriores a 1868. La década convulsionada de 1860 representa poco menos que dos falsos comienzos: terrorismo xenófobo —1860-63— y la lealtad militante hacia el dominio —1863/68—. ¿Es posible que el fanatismo de los comienzos de 1860 simplemente se haya desvanecido y que, los líderes que pelearon tan duramente desde 1864 a 1868 para establecer la hegemonía de sus propios dominios, trabajaran tan duro nada más que para transformar esos mismos dominios en una unidad nacional que conspiraba contra su propia identidad local?
De acuerdo con la opinión establecida entre los académicos occidentales, una vez agotados estos reflejos primarios de identidad, ellos dieron lugar a un pragmatismo nacionalista más sofisticado y de corte modernizante. Las reformas de Meiji después de 1868 son vistas como básicamente imitativas. Sin más programa que el deseo de no ser oprimidos por Occidente, es comprensible que los líderes de Meiji se dirigieran hacia el mismo enemigo para descubrir cómo Japón podía ser fortalecido contra la inevitable invasión.
Estos revolucionarios eran a un tiempo burócratas racionales y nacionalistas; cuando descubrieron que las instituciones sociales y económicas de Occidente servían a sus propósitos, las importaron, como antes habían importado los concocimientos del continente.
Es evidente que la interpretación académica sostiene los dogmas de la teoría de la modernización pero, me parece necesario introducir algunos datos nuevos que nos permitan explicar la historia de la Restauración Meiji, recuperando su unidad fundamental, como así tambien sus discontinuidades, marchas y contramarchas.
En principio, es necesario reconocer que los líderes de la Restauración actuaron en representación de una categoría social que había crecido en importancia política durante los últimos tiempos del Bakufu. Se trata de la primera intelligentsia Samurai moderna. Los líderes de este estrato, de gran importancia en la sociedad Bakuhan tardía, estaban materialmente desposeídos y espiritualmente atormentados por la existencia de un anticuado sistema de privilegios aristocráticos y gastos ceremoniales suntuarios. Estos líderes reciclaron elementos de su propia tradición intelectual para generar un sustento ideológico a sus demandas sociales. Siguiendo las ideas de Mencio, estas demandas oponían el mérito personal a los principios hereditarios.
Samurai “iluminados” en la aceptación de la modernidad se constituyeron en la vanguardia de un movimiento revolucionario cuya forma política fue la Restauración Imperial, pero cuyas motivaciones fueron bien lejos de las pautas ideológicas dominantes bajo el feudalismo. En principio, las causas que motivaron su acción fueron: la terrible situación de los campesinos, el colapso de las defensas costeras y las injusticias del sistema burocrático del Bakufu. Pero así también, sobre la base de resultados pragmático derivados de sus propias fuentes tradicionales, los líderes revolucionarios desarrollaron nociones de cambio social similares a las implementadas posteriormente en el período Meiji y formularon un programa coherente de desarrollo nacional algunos años antes de que tuvieran acceso significativo a los modelos Occidentales.
Volviendo hacia atrás en la historia, podemos decir que el orígen del conflicto de intereses regionales estaba calcado sobre diferencias entre clanes que databan de la batalla de Sekigahara. Los clanes que apoyaron a Tokugawa Ieyasu fueron llamados Fudai Han, algo así como, los clanes centrales. Los que combatieron en su contra Tozama Han, o clanes del exterior. La rebeión de los Tozama Daimyo contra sus antiguos enemigos los Fudai Daimyo que constituía a la vez una revancha histórica y una auténtica revolución política, fue asumida como restauración del poder imperial bajo la entronización del joven
Emperador Meiji.
Estos antecedentes históricos se combinaba con datos geopolíticos actuales: las regiones Tozama: Satsuma y Choshu ubicadas en la isla de Kyushu, eran las más expuestas a los intercambios con el poder extranjero y fueron las primeras en sufrir directamente los ataques navales de Occidente. Por lo tanto fue la intelligentsia Samurai de estas regiones la que reunía todos los factores determinantes para la disposición revolucionaria.
Yamaga Soko, el creador de la escuela disidente Yamaga Ryu fue exilado a Choshu en el siglo XVIII, de allí surgiría la chispa de la rebelión protagonizada por un discípulo de la escuela Yoshida Torajiro. Conocido por su nombre de pluma "Shoin" y por su coraje temerario: "el que desafió a la muerte en tantas oportunidades", Torajiro es el paradigma de los rebeldes, también llamados Shishi: "hombres del gran proyecto", célebres por sus acciones desesperadas contra las fuerzas del Bakufu.

La violencia —aparentemente desarticulada— del período Bakumatsu reflejó en realidad una continua escalada de hostilidades políticas, durante las cuales los revolucionarios fueron conducidos a implementar sucesivamente desde la polémica filosófica hasta el terror y la guerra civil en una infatigable lucha por la independencia nacional.

El Termidor de Meiji


No temo al frío viento del invierno.
Lo que llena mi corazón de miedo,
son los fríos corazones de los hombres.

Saigo Tadamori

Si bien la transformación de Meiji fue la aplicación de reformas y principios que habían sido defendidos durante décadas por la intelligentsia Samurai, la implementación de estos prinipios condujo a una serie de contradicciones entre el ala radical y el ala pragmática de la Restauración.
El sector pragmático decidió neutralizar el componente romántico de la rebelión Samurai que se manifestaría con motivo de la disolución compulsiva del estamento guerrero tradicional.Este proceso culminó en una reacción termidoriana donde el ala pragmática y modernizadora, reconocible en los miembros de la misión Iwakura y, el ala tradicionalista representada por Saigo Tadamori, llegaron a un punto de no retorno en cuanto al destino de la Restauración.
Durante la rebelión de Satsuma los dos bandos se enfrentaron en una breve pero cruenta guerra civil. Yamagata Aritomo, un ex discípulo de Yoshida Shoin, apareció liderando ahora un ejército de corte occidental, creado según el modelo prusiano de la conscripción universal. Saigo Tadamori, en el bando opuesto, reunía a los cuarenta mil estudiantes de su escuela de Bushido. Al igual que Yoshida Shoin y Oshio Heihashiro, Saigo se inmolaría sin esperanza para reafirmar la pureza de sus ideales.(2)
En consecuencia, los Samurai, que habían liderado la revolución, fueron despojados por ella de todos sus privilegios y su propio estatus social. En el lugar de la antigua casta de guerrerosse desarrolló una burocracia militar que dió continuidad a los valores tradicionales en el nacionalismo moderno del siglo XX.

A diferencia de la Via Modernitas occidental que suponía la Ilustración y la revolución liberal, la modernización compulsiva de Meiji estaba anclada en el deseo de conservar la naturaleza eterna del Japón. Jamás se habló tanto del Yamato tamashii —espíritu de Yamato— como en esta época y durante las guerras con China y Rusia el fervor nacionalista fué generalizado.
Podría enterse que la modernización fuera realizada entonces con fines reaccionarios, o si se quiere, que nos encontráramos ante la paradoja de una «revolución conservadora»(3); forma que el cambio social adoptó en aquellos países que tenían una estructura agraria y en los que la misma aristocracia terrateniente asumió las tareas de la burguesía industrial, bien sea por la debilidad de esta última o porque, fundamentalmente, la era del Estado-Nación había sobrevenido dejando intactas las bases culturales del Antiguo Régimen.


Movilización total


Al final de la era napoleónica, las guerras ya estaban determinadas por las escalas de la producción industrial de cada bando en pugna. De esta manera, en compara ción con las movilizaciones parcial y/o general del pasado, la suma total de los esfuerzos bélicos en la era moderna, fue denominada Movilización Total —Totalemobilmachung.(5)
A partir de 1871, año de la batalla de Sedán, la guerra fue adquiriendo la forma de una «batalla de material» —Materialschlacht(4)—, porque en el encuentro moderno ya no se confrontaban los ejércitos y los mandos profesionales, sino el desarrollo de la tecnología militar de cada bando y por lo tanto las capacidades económicas e industriales respectivas. La batalla de material requería de la movilización total y era su fundamento, las naciones que no se industrializaran se verían incapacitadas para una tal movilización total y serían desarticuladas fácilmente en una guerra mecánica.
Los líderes de Meiji comprendieron rápidamente que el mundo se lanzaría a una carrera por la movilización total. No había elección, la defensa nacional exigía la industrialización y el desarrollo tecnológico.
Aún después de que el moderno ejército japonés lograra derrotar a los rebeldes de Satsuma, consolidando su autoridad política y su dominio de las modernas técnicas occidentales de infantería, los líderes de la victoriosa a la pragmática de Meiji eran concientes de su debilidad estratégica frente a Occidente. Estaban frente a un círculo vicioso, la movilización total exigía la modernización y la modernización implicaba a su vez las condiciones culturales, sociales y económicas para generar tecnología, organización e ingeniería occidentales.
Más aún, desde el punto de vista geopolítico, el Japón se encontraba en la necesidad urgente de crear un poder naval que le permitiera hacer frente a la amenaza de sus anticuadas defensas costeras. Luego de un primer reforzamiento de estas últimas, la cuestión era, finalmente, decidir si Japón era un país en el que el «ejército viene primero y la marina después» o, a la inversa. ¿Cómo resolver el problema de una guerra con potencias situadas en el continente de privilegiarse como se hacía habitualmente, la primera opción?
A instancias de Saigo Tsugumichi, la obra de Mahan: Influence of Sea Power upon history, fue traducida y publicada por Suikosha. La nueva estrategia, basada en la teoría del poder naval occidental, implicaba un cambio de perspectiva estratégica, la armada debería ir primero y el ejército después —kaishu rikuju—, desde esta perspectiva la movilización total implicaba la ambiciosa tarea de generar un poder naval desde la nada.
En la vanguardia de este debate estratégico se encontraba el capitán Yamamoto Gombei, quien servía como jefe del secretariado del Ministerio de Marina. Nunca dejaba de argüir que, el comando del mar era el primer prerrequisito; no sólo para la defensa de Japón, sino para la expansión de los intereses nacionales en el continente asiático. Evidentemente en estas cirscunstancias se encontró con una gran oposición por parte del ejército.
En la víspera de la guerra contra China, el debate se centró en las dificultades que proponía la campaña de Corea. En esta reunión, el Vicecomandante del Ejército, General Kawakami Soroku estaba exponiendo acerca de las razones por las que la guerra debería ser definida con una batalla decisiva en la península de Corea, cuando Yamamoto Gombei, quien representaba a la armada en la reunión, interrumpió a Kawakami para preguntarle si el ejército tenía unidades de ingenieros de primera clase:
—Por supuesto —respondió Kawakami— «¿para qué quiere saberlo?»
—Porque si el ejército tiene tiene que llegar a Corea sin la Armada Imperial, esas unidades de ingenieros van a tener que construir un puente muy largo», respondió Yamamoto.(6)

La construcción del poder naval que permitió las victorias de Port Arthur y Tsushima constituye el logro más impresionante de la Restauración Meiji. El Japón, que desconocía las realidades de la lucha en el mar y que se había forjado en una concepción premoderna de la estrategia, logró derrotar al mayor poder marítimo de Asia conteniendo su avance sobre los mares del extremo oriente durante medio siglo.







La modernización compulsiva


La velocidad de la modernización y la juxtaposición de ideas, innovaciones y movimientos modernos que en Occidente habían madurado durante cuatrocientos años produjo “una crisis nerviosa en el carácter nacional japonés”.
Natsume Soseki (7)


El proceso de movilización total que colocó a Japón en la primera línea de las potencias marítimas en sólo tres décadas fue el producto de una modernización compulsiva cuyos resultados fueron contradictorios: un gran éxito militar y un profundo desgarramiento cultural.
Bunmei Kaika fue la fórmula mágica que guió el proceso de modernización. Bunmei se traduce generalmente como “civilización”, aunque está relacionada estrechamente a Bunka —Kultur—. Kaika significa algo así como “apertura”, “liberalización” a través de la “ilustración” y la educación.
En Occidente, la lenta evolución que desde el Renacimiento y la Reforma hasta la revolución industrial, pasando por el Iluminismo y las revoluciones políticas en Inglaterra y Francia produjeron la Via Modernitas, permitieron la lenta asimilación del cambio tecnológico y la cruda realidad capitalista a través de la ideología del progreso, de las utopías liberales y los movimientos sociales de vanguardia que actuaron como contrapeso de los aspectos indeseables de la modernidad.
Dicha asimilación no se produjo sin sobresaltos; en Inglaterra, según Thompson, se emplearon más tropas para luchar contra los destructores de máquinas que para vencer a Napoleón. Las insurrecciones en Silesia y Lyon durante 1830, las insurrecciónes de Paris y Berlin en 1848, las luchas del Risorggimento italiano, etc. fueron conmociones sociales de gran magnitud. El surgimiento del anarquismo, el socialismo y el comunismo, la aparición de la vanguardia nihilista en Rusia y el advenimiento de los bolcheviques al poder en 1917, muestran a las claras que la modernidad tuvo un parto violento y que, en cierta medida, fué una de las transformaciones sociales más cruentas que hemos conocido.
Pero estas consecuencias indeseables eran menos previsibles para los líderes de Meiji, preocupados con justa razón por la supervivencia de su país frente a la avalancha de los imperios occidentales. Lo cierto es que la implantación de la Via Modernitas en una nación desconectada del mundo durante trecientos años y sumida en su interioridad mágica por un deliberado ostracismo, habría de producir un descalabro cultural mucho más terrible que el experimentado en su lugar de origen.
Este choque cultural no puede ser medido a ciencia cierta, ni es comparable a la devastación de la postguerra; sus efectos fueron notorios en el desarrollo de una percepción crecientemente distorsionada de la realidad cuyas consecuencias fueron múltiples. A falta de expresiones descriptivas para denominar el fenómeno hablaremos aquí de desfasaje histórico —Ungleichzeitigkeit 8—, no correspondencia entre las épocas de la cultura, la realidad social y la conciencia individual.
El proceso de modernización confrontó a los individuos con los productos de la tecnología occidental, con la vida urbana y los medios de comunicación de masas; pero la experiencia social era leída desde el contexto mágico premoderno: una máquina de coser era venerada como Kami —Dios— y un torpedo naval podía ser conducido a pie por un grupo suicida decidido a sacrificarse contra una fortaleza enemiga —tal el célebre episodio del Bakudan sanyushi durante la toma de Shangai.
El lector que descubría el beso en una novela de Bullwer Lytton jamás podía integrarlo a sus formas de cortejar a una dama; un escritor adoptaba primero las confesiones irrestrictas del naturalismo de Zola, para abrazar posteriormente el romanticismo e inmediatamente el nihilismo de Turgenev, sin comprender que estos movimientos tenían una historia de tendencias y contratendencias que se excluían mutuamente.
En síntesis, el registro histórico, el espíritu del tiempo, estaba ausente en esta incorporación apresurada y fragmentaria de valores tecnológicos, estéticos y políticos. Y lo peor es que esto no ocurría solamente con las clases bajas, desprovistas de educación, sino que la falta de referencias de época aquejaba también a los líderes. Según Natsume Soseki la velocidad de la modernización y la juxtaposición de ideas, innovaciones y movimientos modernos que en Occidente habían madurado durante cuatrocientos años produjo “una crisis nerviosa en el carácter nacional japonés”.
El desarrollo desigual fue la regla durante Meiji allí coexistían formaciones de distinta edad y origen, un patchwork de sistemas de pensamiento tan contradictorios entre sí que sólo podían coexistir gracias a la férrea decisión de la elite modernizadora para generar, desde arriba, según el camino prusiano, los cambios necesarios para la movilización total.
Los líderes de Meiji derrocaron al Bakufu e iniciaron reformas políticas considerables, pero la matriz jerárquica y piramidal de la sociedad no fué afectada y la libertad política característica del modelo liberal moderno jamás fue considerada como resorte del progreso histórico. Los mismos valores eternos fueron invocados como causa para la secularización impuesta por el nuevo estilo de vida, de manera tal, que el sentido de la transformación permaneció confuso para los actores sociales.
La idea popularizada bajo el slogan Wakon Yosai postulaba que era posible aplicar la técnica occidental con el espíritu japonés; pero esto suponía que la tecnología era algo neutro, un simple aparejo de instrumentos que podían cambiar de mano como un azadón o un tren.
Nishida Kitaro realizó una de las pocas observaciones críticas acerca de esta ilusión: «Desde la Restauración Meiji, nuestro país ha venido adoptando en tropel la cultura occidental. En relación con este asunto hay quienes hablan, mas bien a la ligera, acerca del espíritu japonés y la técnica china u occidental (wakon kansai o wakon yosai); ellos deben pensar que estas cosas pueden ser usadas simplemente como herramientas. Olvidan que, cada una de esas cosas tienen su propio espíritu. Incluso las Ciencias Naturales poseen un espíritu adecuado para ellas mismas. Debemos asimilarlas comprendiendo cada una de ellas desde su espíritu particular».
Sin embargo, la elite modernizadora ignoraba hasta que punto la tecnología era portadora de una serie de instituciones invisibles, de transformaciones automáticas e indeseables como el crecimiento urbano acelerado, la secularización, el individualismo y la anomia.
Con esa pasión tan japonesa por imitar y regocijarse en el el mimetismo, la euforia de la occidentalización dió rienda suelta —durante las primeras décadas de Meiji— a las necesidades de expresión cultural postergadas durante siglos de aislamiento y autoritarismo. Cambiando su nombre por el actual Tokyo, Edo se transformó en una gran ciudad, sede del nuevo gobierno imperial. Sus habitantes se paseaban ahora en ropas occidentales y compartían los apetitos de los ciudadanos del mundo.
Alrededor de 1880 las dos terceras partes de los hombres que habitaban en la ciudad se habían cortado el pelo a la manera occidental, abandonando el tradicional peinado japonés —seis años después el noventa por ciento de la población masculina también lo había hecho y para fines de la década eran raros los excéntricos que aún usaban el peinado antiguo.(9)
La costumbre de teñirse los dientes de negro, habitual en las mujeres casadas y que había sido praticada durante mas de un milenio, fué abandonada como consecuencia de la adopción de los patrones cosméticos occidentales. En la vestimenta se operaba el mismo cambio y la combinación arbitraria de ropas europeas y japonesas provocaba la sensación de hallarse ante los visitantes de una tienda de subastas donde cada uno elige su talle sin preocuparse por la armonía entre las prendas.
La imagen de la ciudad se vería afectada también por esta transformación en los valores y, las tradicionales construcciones de papel y madera que, habían probado su efectividad ante los terremotos —pero eran víctima fácil de los incendios—, fueron consideradas como parte del pasado. Donde fuera posible se construía con ladrillos y cemento, con hierro y piedra.
Tanizaki Junichiro nos ha dejado una imagen desoladora de estos cambios:
Destruída mi ciudad por el rústico guerrero
ya no queda ni la sombra del Edo que fue.
(10)

En su conjunto el sistema urbano se vió afectado por el cambio en los medios de transporte, durante siglos los canales fluviales habían sido la vía natural de carga y descarga para el aprovisionamiento de la ciudad. Tal como ocurriera en la India bajo el dominio inglés, este sistema natural sería desarticulado en pro del transporte terrestre, más costoso y a la larga más contaminante. Al principio se trató de vehículos de tracción animal y humana —el tristemente célebre rickshaw—; más tarde, con la llegada de las fuentes de energía electromecánica: el tramway, el ferrocarril y los primeros vehículos automotores, la ciudad fué cobrando el aspecto contínuo y homogéneo de las metrópolis modernas. Aquello que, en principio, no era más que un conjunto de aldeas relativamente dispersas y separadas en varias partes por vastas extensiones de terreno rural, unidas por canales y centradas en la noción de machi o cho, fué reunificado y jerarquizado hasta alcanzar los estándares de uso del suelo que el utilitarismo industrial prescribe.
No obstante, el sistema de lugares premoderno subsistió y las calles sin numeración fueron sustituídas más tarde por una numeración no ordenada, que requiere, aún en la actualidad, de mapas manuales y direcciones verbales para encontrar una vivienda perdida en medio de las intrincadas callejuelas de los barrios periféricos.
Los carteles luminosos de las aglomeraciones comerciales cambiaron el paisaje urbano, caracterizado por el orden jerárquico y la segregación entre las ciudades alta y baja. Los grandes espacios mezclaban ahora a las personas de distinto rango y muy pronto ciertos conceptos de la jerarquía social fueron relativizados abriendo paso a las nuevas nociones de igualitarismo y democracia. Pero estas nociones eran asimiladas de manera formal y exterior porque bajo el aparente denominador común del ciudadano se mantenían las relaciones codificadas por el Shosei o sistema del Oyabun-Kobun. Según esta visión patriarcal las relaciones humanas están revestidas por los lazos filiales, un hombre sólo puede ser el padre o el hijo, el hermano mayor o el menor de otro hombre, pero jamás su igual. La noción de igualdad geométrica tan cara a los occidentales era algo impensable en la cultura de aquella época —sin embargo las instituciones metropolitanas generaban la dualidad de sistemas que más tarde entrarían en colisión.
El mundo de las máquinas no quedaba excluído de esta doble representación porque una máquina de coser que sólo podría der calificada como un objeto utilitario en Occidente recibía en el hogar japonés la calificación suplementaria de Kami —dios— por su rol benéfico para la familia. Este fetichismo recubría toda la relación con los objetos occidentales que eran valorizados ahora con el mismo ardor de coleccionistas con el que nobles y Samurai habían acaparado las “cosas chinas” —kara mono— durante el medioevo.
Esta relación mágica con la tecnología y sus productos, que eran integrados al sistema animista, promovió una visión del mundo muy diferente de la que había generado la revolución industrial en Occidente; mientras que allí la tecnología provocó un “desencanto del mundo”, en el Japón Meiji era una fuente de renovada sacralización.
Muy pronto, el poder fáustico de la tecnología invadió la cultura estimulando la voluntad de poder adormecida durante trescientos años de ostracismo. Los grandes rivales de Japón: China y Rusia, aparecían ahora al alcanze de la moderna armada imperial. Para poner su sello a las armas modernas, los japoneses bautizaron a sus unidades militares con nombres mitológicos que recubrían los productos extranjeros de una identidad cultural imaginaria y, durante la guerra sino japonesa, la apotesosis de los tres soldados que se lanzaron contra una fortificación china durante la lucha por Shangai, portando un torpedo naval, fué saludada como “el sacrificio heroico de las tres bombas humanas” —Bakudan Sanyushi.(11)
La movilización total adquirió en Japón una perspectiva mítica en la medida en que la unión orgánica del hombre y la tecnología era pensada desde un fundamento mágico. El espíritu Samurai se había trasladado a la batalla de material, generando construcciones orgánicas inimaginables para los ingenieros europeos; las necesidades tecnológicas impuestas por la movilización total sólo podían ser satisfechas por aquellos países en los que la civilización moderna había alcanzado su pleno desarrollo, donde la racionalización y la secularizacion habían triunfado sobre el pensamiento tradicional. Tal como lo diría años más tarde el Almirante Yamamoto: «No puedo luchar contra las fábricas de automóviles de Detroit, ni contra los pozos petroleros de Texas».
La modernización compulsiva había dejado intactos los fundamentos mágicos de la nación japonesa y una vez pasado el primer período de fascinación por Occidente y de apropiación instrumental de su cultura, la visión tradicional volvería a enseñorearse de la escena fijando unos límites precisos a la modernización.

Tal como lo ha señalado Huntington :
"En la primeras fases del cambio, la occidentalización promueve la modernización. En las fases posteriores la modernización promueve de dos maneras la desoccidentalización y el resurgimiento de la cultura autóctona. En el plano social. la modernización aumenta el poderío económico, militar y político de la sociedad como un todo y anima a la gente de esa sociedad a tener confianza en su cultura y a afirmarse culturalmente. En el plano individual, la modernización genera sentimientos de extrañeza y anomia, ya que las relaciones sociales y los lazos tradicionales quedan rotos y conducen a crisis de identidad a las que la religión dá una respuesta".(12)

Así los cambios de Meiji llevarían a la euforia militar de la era Taisho y a la xenofobia de la era Showa describiendo un movimiento pendular clásico en la historia japonesa:
"... el movimiento péndular recurrente en la historia de las islas; después de un período de ávida imitación, durante el cual el país importa casi indiscriminadamente e imita las cosas extranjeras, el péndulo oscila y luego sigue un período de reacción en el cual Japón se vuelve hacia sí mismo y se concentra en la absorción de las formas extranjeras, adaptándolas a los patrones indígenas y rechazando aquellos que parecen incongruentes. Así ocurrió con la preponderancia de la influencia y el prestigio cultural Chino durante la última parte del período Ashikaga y la locura por la moda occidental, como las pipas, pantalones y crucifijos que siguieron a la llegada de los occidentales en el siglo XVI, fueron continuados por un período de insularización e intensa japonización. Esto condujo, durante alrededor de dos siglos a una casi completa ruptura con el mundo exterior. Nuevamente, en el siglo XIX, la eufórica copia de Occidente durante las primeras décadas de Meiji dieron lugar a un período de creciente orgullo nacional y énfasis en los caminos propios de los japoneses alcanzando su climax en el ultranacionalismo y xenofobia de los años treintas".(13 )

La modernizacióndel Japón tuvo una mayor pregnancia que en otras sociedades tradicionales, con la excepción de Turquía, que realizó una transformación muy similar a la de Meiji. Se ha insistido en que la modernización compulsiva fue un fracaso y abrió camino al ultranacionalismo de los años treintas; sin embargo, este último también debe ser considerado como un producto de la modernización y de las ideologías importadas de Occidente.


Notas

1. Maruyama Masao. Studies in the intellectual history of Tokugawa Japan. University of Tokyo Press.
2. Ver Ivan Morris. The nobility of Failure. Tragic Heroes in the History of Japan. Penguin.
3. Henry Kissinger, en su Diplomacia, alude a esta paradoja de la revolución conservadora: “¿Qué es un revolucionario? Si la respuesta a esta cuestión no tuviera ninguna ambigüedad, pocos revolucionarios habrían tenido éxito. Porque, casi siempre, los revolucionarios comienzan desde una posición de inferioridad. Si llegan a prevalecer es porque el orden establecido es incapaz de aprehender su propia vulnerabilidad. Esto es más cierto aún cuando el desafío revolucionario no comienza con una marcha a la Bastilla, sino con garbo conservador. Pocas instituciones tienen defensas contra aquellos que despiertan espectativas de que van a preservarlas”.
Friedrich Nietzsche en Humano demasiado humano se refiere también a esta paradoja aparente: la reacción como progreso. Alemania habría avanzado hacia la modernidad desde algo bien diferente a la Ilustración; precisamente, la “contrailustración” —como la llama Isahiah Berlin—, el Romanticismo y más tarde el Kulturpessimismus.
Ernst Jünger ha representado muy bien este paradigma en su Libro del Reloj de Arena: “El tiempo que retorna es un tiempo que aporta y vuelve a aportar... El tiempo progresivo, al contrario, no se mide por ciclos y revoluciones, sino con relación a escalas: es un tiempo homogéneo... En el retorno, el origen es lo esencial; en el progreso, es el término. Nosotros lo vemos en la doctrina de los paraísos, que unos sitúan en el origen y otros al final de la vía”.
Las revoluciones nacionalistas aparecen aquí como esa confirmación de aquella idea de Camus, según la cual el arquetipo del revolucionario es, en realidad, un nostálgico del orden perdido. La revolución francesa proyectó su sombra en la revolución conservadora, el retorno a la tradición ganó en los países agrarios un espacio dentro de la modernización misma haciéndola ¿reaccionaria?
Esta tesis, de un modernismo sin Ilustración, viene a reforzar la interpretación de Barrington Moore Jr en su ya clásico Social Origins of Dictatorship and Democracy. Hay ed. española en Península, Barcelona.Ver también La Revolution Conservatrice dans l’Allemagne de Weimar. Editions Kime. Roger Woods. The conservative revolution in the Weimar Republic. Houndmills, Basingstoke, Hampshire: Macmillan Press, New York: St. Martin's Press, 1996. Jeffrey Herf. El modernismo reaccionario. FCE.
4. Ernest Jünger. La movilización total. Tusquets.
5. “De igual manera que toda vida alumbra ya también, al nacer, el germen de su muerte, así la entrada a escena de las grandes masas implica una democracia de la muerte. Tenemos ya a nuestras espaldas la edad del tiro de precisión, del tiro disparado a un blanco individual. El jefe de una escuadrilla aérea que desde las alturas nocturnas da la orden de efectuar un ataque con bombas no conoce ya ninguna distinción entre combatientes y no combatientes, y la mortífera nube de gas es algo que se propaga como un elemento inanimado sobre todos los seres vivos. La posibilidad de tales amenazas tiene como presupuesto, empero, no una movilización parcial ni una movilización general, sino una movilización total, la cual se extiende hasta el niño que nace en la cuna. Ese niño está amenazado como todas las demás personas, incluso más que ellas.
Muchas son las cosas de este género que cabría nombrar —pero basta contemplar nuestra vida misma, en su implacable disciplina; con sus zonas humeantes e incandescentes; con la física y la metafísica de su tráfico; con sus motores, sus aeroplanos, sus ciudades donde viven millones de personas, basta contemplar estas cosas para vislumbrar —con un sentimiento de horror mezclado de placer— que en ninguna de ellas hay un solo átomo que no esté trabajando y que nosotros mismos nos hallamos adscritos en lo más hondo a ese proceso frenético. En vez de ser ejecutada, la movilización se ejecuta a sí misma; ella es, tanto en la guerra como en la paz, la expresión de la exigencia misteriosa y coercitiva a que nos somete en la edad de las masas y las máquinas. Y así ocurre que cada vida individual se convierte, cada vez más claramente, en una vida de trabajador y que las guerras de los caballeros, de los reyes y de los burgueses van seguidas de las guerras de los trabajadores —guerras de cuya estructura racional y de cuya índole implacable nos ha proporcionado ya un atisbo la primera gran confrontación del siglo XX. Ernest Jünger. La movilización total. Tusquets.
6. David C. Evans y Mark R. Peattie. Kaigun. Strategy, tactics and technology in the Imperial Japanese Navy 1887-1941. Naval Institute Press.
7. Yoshie Okazaki. Japanese Literature in the Meiji Era. Obunsha 1955.
8. Literalmente “ausencia de contemporaneidad” . Ver Ernest Bloch. Erbshaft dieser Zeit. Frankfort 1962.
9. Edward Seidensticker. Low city high city. Alfred A, Knopf Ed.
10. Citado por Edward Seidensticker. Low city high city. Alfred A, Knopf Ed.
11. "La mirada de Hagakure". Ver Hagakure. Ediciones Dédalo.
12. Samuel Huntington. El choque de las civilizaciones. FCE.
13. Ivan Morris. The Shining Prince. Penguin.



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