La mirada de Hagakure

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La mirada de Hagakure

Mensaje  Gabriel_Sarando el Sáb Mar 13, 2010 8:27 am





¿Cuando morirás Sol? Yo quiero morir contigo,
quiero acabar junto a ti. El pueblo quiere terminar contigo.

Declaración de Tang. Libro de la Historia.

En mi mesa, junto a las pruebas de galera que se apilan sobre los libros y las notas de tantos años de trabajo, hay una foto de los pilotos Kamikaze. Es una foto pequeña y borrosa, tomada un momento antes del vuelo final. En ella puede verse a unos jóvenes de menos de veinte años y a otros pilotos mayores que lideran la escuadra, están armados con el sable de sus ancestros Samurai.
Ahora, desde los oscuros repliegues del tiempo y la memoria, los rostros inmutables de los que van a morir, de los que ya están muertos; me lanzan una mirada, un desafío. Tantas veces he intentado describir esa mirada, explicar por qué, los ojos de quienes han elegido la muerte tienen esa firmeza penetrante que se proyecta más allá de las dos dimensiones. Pero no puedo explicar el misterio, la mirada permanece allí, indescifrable.
Quizás el largo trabajo en torno a este libro, las penurias para publicarlo y el estremecimiento que aún me produce recorrer sus páginas, no sean mas que un tributo a esa mirada.


Nabeshima Rongo

La historia del libro que habría de acompañar a estos jóvenes pilotos antes de vuelo final –como lectura obligatoria durante sus últimos días en las barracas–, había comenzado tres siglos atrás, en el dominio de Hizen, Kyushu.
Alrededor de 1710, en las montañas de Kurotsuchiparu, no muy lejos del castillo de Saga en una hermita conocida como “Choyoken”, vivía un viejo Samurai retirado del mundo a la muerte de su Daimyo, el señor Nabeshima Mitsushige. Hijo del legendario Yamamoto Jinemon fue llamado Yamamoto Tsunetomo .
En realidad, Tsunetomo había sido el vástago inesperado de un viejo guerrero. Como el recién nacido era débil y enfermizo, un médico vaticinó que no viviría mucho tiempo. La familia ya había decidido entregarlo a un mercader de sal, cuando su tío, Yamamoto Muneharu, se opuso, llevándolo a su residencia en el castillo de Saga. De esta manera, Tsunetomo, que hubiera sido condenado a arrastrar la carreta de sal durante una breve existencia, creció entre la aristocracia del Nabeshima Han y fue el autor involuntario de una de las obras capitales del Bushido.
Quizás debido a su contextura, poco apropiada para el ejercicio de las armas, el niño desarrolló rápidamente grandes habilidades literarias. Estas dotes poco comunes le valieron la protección del Daimyo Nabeshima Mistsushige quien lo hizo estudiar con los mejores maestros de Saga. Literatura clásica, con Kuranaga Rihei; confucianismo, con Itei Ishida Yamayuki y budismo Zen, con el monje Tannen, jefe del templo Kodenji.
Algunos años más tarde, el carácter rebelde del joven provocó su expulsión del castillo. Durante un cierto período tuvo que desempeñar funciones insignificantes y confundirse con la vasta servidumbre. Pero su oportuna designación como asistente del Daimyo en Kyoto, le permitió volver al mundo de la cultura y, una vez allí, pudo continuar sus estudios de literatura clásica con el gran maestro de la Corte Imperial, Sanenori Nishisanjo.
La muerte del Daimyo Mitsushige, precipitó a Tsunetomo en una aguda crisis espiritual. Como estaba imposibilitado de practicar el suicidio de luto, prohibido por las Leyes Militares, Tsunetomo eligió el único camino honorable en sus circunstancias: abandonó el mundo y vivió como un anacoreta en las montañas hasta su muerte .
En 1710, un joven copista llamado Tsuramoto Tashiro, también excluido del castillo de Saga por una falta menor, comenzó a visitarlo y a sostener con él una conversación íntima que se prolongó durante seis años. Los resultados de esa “conversación en las sombras de la noche”, son anotados secretamente por el joven copista, quien no puede resistir la tentación de conservar un registro de los preciosos comentarios, anécdotas y sentencias que Tsunetomo prodiga cada noche. Mas tarde, las notas manuscritas, que circulan secretamente entre los Samurai de Saga, se vuelven célebres con el nombre de Nabeshima Rongo –Analectas de Nabeshima– o mas comúnmente con el apodo de Hagakure.
Según Mishima Yukio, este último nombre tiene un significado alusivo que, remite a la misma expresión del poema de Saigyo en Sanka Waka Shu: "Hagakure ni", literalmente: “Oculto entre las hojas”.

Oculto entre las hojas,
como las últimas flores que resisten al viento,
puedo sentir su presencia y la extraño en secreto.


El poema compara a las últimas flores de cerezo que subsisten, ocultas entre las hojas, con el amor secreto que resiste al paso del tiempo y que, nunca revelado, se sostiene inmutable al abrigo del cambio. Un párrafo de los manuscritos expresa esta misma idea: “El verdadero amor, es el amor secreto. Una vez compartido, el amor empequeñece. Sentir la nostalgia por el ser amado durante toda la vida. Morir sin revelar su nombre, este es el verdadero sentido del amor”.
En otro párrafo de los manuscritos esta forma de amor ideal es comparada a la lealtad secreta del Samurai que sobrevive al paso del tiempo y sólo es consumada por el sacrificio. De ese amor oculto, de esa lealtad hasta la muerte se ocupan las conversaciones entre Maestro y discípulo.
El principio del silencio, debió regir este intercambio en las sombras de la noche. Pero el destino de los manuscritos fue otro, la transmisión oral, una vez transcripta, ingresó al mundo de la literatura y de la ética Samurai.


Tokugawa Shushigaku

Durante casi tres siglos el texto permaneció en la oscuridad de la que había surgido, sólo unos pocos supieron de su existencia y compartieron su sabiduría. Producto de una era crepuscular, después de un siglo de paz y esplendor bajo el shogunado Tokugawa, las enseñanzas del Maestro Hagakure, expresan una perspectiva crítica ante las transformaciones del ethos Samurai ocurridas entre los siglos XVII y XVIII.
Estas transformaciones tenían como epicentro la doctrina neoconfucianista conocida como Tokugawa Shushigaku, que había sido el cuño de las nuevas Leyes Militares: Buke Hatto de 1615 y 1635; Shoshi Hatto, de 1629. Estas leyes formaban parte de la amplia serie de medidas destinadas a cambiar el estilo de vida imperante en el período de guerras intestinas –Sengoku Jidai.
El Confucianismo, introducido en Japón durante el siglo IV, desarrolló una hermenéutica apoyada en la tradición de las dinastías Han y Tang, practicada en la Corte Imperial por las familias de académicos de linaje –Hakase–. Fuera de este exclusivo círculo de especialistas cuyo saber era transmitido de manera hereditaria, algunos monjes budistas realizaban estudios independientes considerados como mero diletantismo.
La diferencia entre el Confucianismo de la corte y el Neoconfucianismo praticado en la era Tokugawa, fue el carácter público que adquirió la enseñanza del Shushigaku, realizada de manera independiente por los nuevos académicos de la Escuela de Kyoto y la Escuela Shikoku.
El Neoconfucianismo se difundió en Japón durante el período Kamakura –1185-1333–; pero su enseñanza, desarrollada por los monjes de los Cinco Monasterios –Kamakura Gozan–, había sido trasliterada a la perspectiva del Budismo Zen. La idea de Chu Hsi: “Investigar los principios particulares para comprender los principios del universo” fue equiparada con el postulado budista: “Lograr el estado de Buda después de comprender la naturaleza de la realidad”. El canon del Shushigaku: “Aferrarse a la seriedad” fue identificado con la meditación Zen.
En general, todas las escuelas y sectas shintoístas, budistas, confucianistas, repetían la misma normativa de lealtad –On–, en los que se basaba la sociedad feudal. Sus principios morales eran muy similares. Las tres doctrinas habían coexistido durante siglos y sus perfiles eran cada vez más imprecisos e imbricados. Pero, en medio de ese aparente eclecticismo y de esa relativa indiferencia por las explicaciones intelectuales, surgió una significativa disputa entre el Budismo Zen y las variantes del Neoconfucianismo, en particular la escuela de Chu Hsi o Shushigaku.
Los hombres que produjeron la ruptura entre la filosofía de Chu Hsi y el Budismo creando las bases del Tokugawa Shushigaku, fueron Fujiwara Seika y su principal discípulo Hayashi Razan. Estos académicos provenían de familias de monjes budistas pero, en una cierta etapa de su desarrollo intelectual, desertaron del budismo y se entregaron por completo a la filosofía Sung. Más tarde, como resultado de su dedicación al Neoconfucianismo llegaron a la conclusión de que el budismo era una filosofía escapista:

El doble aspecto de lo sensible y lo suprasensible es la filosofía que los monjes budistas defienden; esto los conduce arbitrariedad de concebir a lo real como mundano. ¿Cómo pueden llamar a esto el verdadero camino?

En su texto, La conducta del Maestro Seika Hayashi Razan afirma:

Mi Maestro fue un discípulo del budismo durante un cierto período, no obstante, su mente estaba llena de dudas al respecto. Cuando leyó los libros de los Sabios, se convenció de que allí estaba el Camino. El Camino no consiste nada más que en practicar la rectitud en las relaciones humanas. El Budismo elimina las fuentes de la benevolencia y abandona la virtud. En este sentido es una filosofía impía.

El intento de establecer la filosofía de Chu Hsi como una escuela pública chocaba con la tradición; los esfuerzos de Seika y Razan provocaron una oposición apasionada en los viejos círculos de académicos, especialmente entre aquellas familias que habían transmitido hereditariamente el estudio filológico de los clásicos chinos de acuerdo a las tradiciones Han y Tang. No obstante, las circunstancias históricas que culminaron en la victoria de Tokugawa Ieyasu favorecieron el ascenso de la nueva escuela de pensamiento.

Tokugawa Ieyasu había sido un lugarteniente de Toyotomi Hideyoshi, el campesino que, desafiando todas las tradiciones, se convirtió en máximo líder de Japón al concluir la gran guerra civil del siglo XVI. Antes de morir, Hideyoshi había confiado a Ieyasu la tutoría de su sucesor Hideyori. Pero Tokugawa no se había conformado con el papel de regente. En realidad, planeaba adueñarse del poder desde mucho antes de la batalla de Sekigahara (1600).
Las intenciones de Tokugawa fueron representadas en una pintura cómica del período Sengoku, en donde puede verse a los máximos líderes militares de la época: Oda Nobunaga y Toyotomi Hideoshi en el proceso de fabricar unos bocadillos de arroz, mientras Ieyasu espera tranquilamente el momento de comérselos.
En un país desgarrado por siglos de guerras civiles, donde el Emperador había sido sometido al rol de espectador de las alianzas y disputas entre los militares, el problema de la legitimación del gobierno se había vuelto crítico. El título de Sei Tai Shogun utilizado durante generaciones por diversos dictadores militares, había pasado de mano en mano siguiendo las alternativas de la guerra entre los daimyos. Gracias a sus victorias, Toyotomi Hideyoshi se hizo nombrar Regente -–Kwampaku– y pretendió establecer una dinastía hereditaria basada en el poder militar. Pero, los Toyotomis, eran de origen campesino. Hideyoshi, surgido de las filas de un oscuro Daimyo provincial, nunca habría podido obtener la jerarquía de Shogun. La tradición decía que, para aspirar a este honor, un Samurai debía descender de los Minamoto, una antigua familia de aristocrática que habían ostentado ese título desde la antigüedad clásica.
Por su parte Tokugawa Ieyasu era un noble provincial lejanamente emparentado con los Minamoto, sin embargo, como antiguo subordinado de Hideyoshi y tutor de los derechos de sus descendientes, no podía actuar abiertamente contra ellos. Fue la inhábil conspiración de un grupo de generales y su victoria militar sobre ellos la que le permitió tomar el poder.
Por todas estas razones, la legitimación del futuro Tokugawa Bakufu preocupaba a Ieyasu desde hacía algún tiempo, así lo dice el Tokugawa Jikki –XXXVIII–:

Ieyasu conquistó la nación a caballo, como era un hombre sabio, comprendió muy pronto que el país no podía ser gobernado desde el caballo ... siempre había respetado el Camino de los Sabios y decidió que para gobernar el país correctamente debía propagar sus enseñanzas.

Es posible que, por esta misma razón, Tokugawa haya escuchado con interés las disertaciones de Fujiwara Seika sobre el establecimiento de la dinastía Tang. De acuerdo con el relato de Hayashi Razan, Ieyasu invitó a Seika al castillo de Edo en 1593, para que le ofreciera una disertación sobre La esencia de las concepciones políticas del emperador Tang T’ai Sung.
Cuando algunos años más tarde, Ieyasu enfrentó a la coalición liderada por Katsushige, derrotándolo en la batalla de Sekigahara –1600–, el problema de la sucesión todavía no había sido resuelto. Hideyori, el hijo de Toyotomi Hideyoshi, aún tenía el apoyo de poderosos generales que no aceptaban someterse. Después de la batalla de Sekigahara, Fukushima Masanori manifestó: “Como era conciente de que la acción de Katsushige no procedía de Hideyori, ayudé a Ieyasu para que derrotara a este último pero, ahora que Katsushige ha sido derrotado, no permitiré que Ieyasu actúe contra los intereses de Hideyori. Estoy resuelto a entregar mi vida por esa causa”. Este sentimiento era compartido por Kato Kiyomasa y otros grandes generales.
En 1603, Ieyasu fue nombrado Shogun y Hideyori Naidaijin. Para establecer relaciones perdurables entre las dos familias, Ieyasu trató de casar a su nieta con Hideyori. Pero el intento fracasó y las relaciones entre ambos se mantuvieron tensas desde entonces. Durante esta época se vivió una situación de poder dual; el Bakufu en Edo y los Toyotomi protegidos por un gigantesco ejército de mercenarios en la inexpugnable fortaleza de Osaka.
En 1612, Ieyasu mantuvo una nueva conversación con Hayashi Razan en Shizuokam, hablaron del tema que obsesionaba a Ieyasu: El derrocamiento de Chie Chou por Tang Wu.
Razan defendió firmemente la acción de Tang Wu diciendo que:

Tang Wu derrotó a Chie Chou de acuerdo con el Mandato del Cielo y los deseos del pueblo. No lo hizo para defender sus propios intereses. Desde el principio, su intención era eliminar el mal del país y salvar al pueblo. Por lo tanto, dijo, no podemos cuestionarlo en lo más mínimo. Ieyasu dijo: es una respuesta justa y brillante.

En 1614, Tokugawa Ieyasu sitió el castillo de Osaka, pero le fue imposible vulnerar las sólidas defensas diseñadas por el mismo Hideyoshi. Un año más tarde, después de pactar la demolición de parte de estas defensas mediante una estratagema, Ieyasu pudo tomar el castillo. Después del exterminio de los herederos del Taiko, Tokugawa se convirtió en el único lider militar capaz de establecer una dinastía hereditaria durante casi trescientos años.

Los siglos XVII y XVIII constituyeron el apogeo de la ilustración japonesa. Las características del neoconfucianismo, su naturaleza polémica y la creciente participación de académicos de origen Samurai en la disputa filosófica que siguió al establecimiento del Tokugawa Bakufu, dió lugar a una eclosión intelectual inédita en las historia del país. La ruptura de la Escuela de Kyoto con el Budismo por una parte y con la ortodoxia de los Hakase por otra, habría sido imposible sin el apoyo de una figura como la de Tokugawa Ieyasu. Es difícil imaginar en el presente la conmoción que produjo tal ruptura en una época dominada por el dogmatismo y la intolerancia. Los incidentes producidos en el comienzo de esta experiencia pueden dar una idea del impacto intelectual creado por las primeras disertaciones públicas de Hayashi Razan.

[Razan], juntó a todos sus estudiantes y les habló sobre las Analectas de Confucio utilizando los conceptos de Chu Hsi. De todas partes llegaron personas que querían escucharlo y el frente de su casa se congestionó como si fuera un mercado.
Kiyowara Hidetaka advirtió a la Corte Imperial que, era contrario la tradición el que alguien diera conferencias por su propia iniciativa. El problema fue, en realidad, que Hayashi Razan no adhería a las interpretaciones de los académicos de las dinastías Han y Tang, por el contrario, difundía las nuevas teorías de Chu Hsi provenientes de la China Sung. Las opiniones sobre la conducta a seguir variaban y no había forma de llegar a un acuerdo.
En consecuencia, la Corte preguntó la opinión a los militares. Ieyasu expresó que el Camino de los Sabios debía ser estudiado por todos y que los académicos tenían la libertad de elegir entre las viejas y las nuevas interpretaciones. Desde esa época, Razan pudo continuar con sus conferencias en Kyoto utilizando las interpretaciones de Chu Hsi sin ninguna interferencia.

El mismo Hayashi Razan fue nombrado consejero oficial del Shogun en 1605 y su familia pasó a ocupar el rol que los eruditos de linaje habían ocupado en la Corte Imperial, transformándose de esta manera en custodio de la ideología oficial. La influencia de Razan fue decisiva, todo el edificio jurídico y político del Shogunado se construyó con su ayuda. Las célebres Leyes Militares: Buke Hatto –1615-1635–; Shoshi Hatto –1629– y toda la serie de medidas destinadas a cambiar el estilo de vida imperante en el período Sengoku Jidai fueron ideadas en gran parte por este filósofo cuyas ideas revelan, una fuerte influencia “legista”. Por ejemplo, en las Buke Hatto de 1615, figura el siguiente postulado: “La ley es la base del orden social. La razón puede ser violada en nombre de la ley, pero la ley no puede ser violada en nombre de la razón”.
En 1635 el mismo Razan leyó ante los Daimyo reunidos en Edo la nueva versión de las Buke Hatto que contenían el reglamento del Sankin Kotai o “sistema de residencia alternada”. Según esta disposición, los Tozama Daimyo debían permanecer un año por medio en Edo y dejar a sus familiares en calidad de rehenes. La medida, destinada a prevenir rebeliones en las provincias, fue tomada después de la insurrección Cristiana de Shimabara. El sistema de residencia alternada produjo cambios decisivos en el sistema de vida de los Samurai y fue el pivote de las transformaciones sociales y culturales ocurridas en Edo durante la segunda mitad del siglo XVII.

La toma de partido del Shushigaku había sido el motor del rápido ascenso del Neoconfucianismo al rol de filosofía oficial, desplazando al Budismo como sistema de pensamiento de la clase Samurai. Fue precisamente el aspecto de ideología oficial asumido por la doctrina Sung lo que limitó sus alcances filosóficos y motivó una nueva búsqueda protagonizada por pensadores independientes de origen Samurai.
Alrededor de 1660, dos hombres de extraordinaria habilidad trataron de producir un cambio de dirección desde la filosofía del Shushigaku hacia una revisión de los clásicos menos identificada con Chu Hsi y, en consecuencia, menos comprometida con el régimen. Se trata de Yamaga Soko –1622/1685– e Ito Jinsai –1625/1705.
En su texto, conocido como Seikyo Yoroku, Yamaga Soko llamaba a volver a los clásicos descartando las interpretaciones de los académicos Neoconfucianistas:

En el comienzo de la era de Kanbun, llegué a la conclusión de que los libros de los períodos Han, Tang, Sung y Ming, fallaban en clarificar las preguntas que surgían de mi mente. Por eso, decidí estudiar directamente los escritos del Duque de Chou y de Confucio ... Dejando de lado las interpretaciones recientes, estudié los escritos de los Sabios día y noche. Entonces, por primera vez, fui capaz de comprender el Camino.

La actitud de Yamaga Soko, un ronin de gran capacidad, que había creado su propia escuela de esgrima, ponía en tela de juicio el valor universal atribuido al Shushigaku pero, a diferencia de Seika y Razan, en sus comienzos, Soko no tenía ningún aliado poderoso que quisiera apoyar sus ideas. Cuando estaba a punto de editar su obra, recibió la siguiente advertencia de sus alumnos:
Este libro debe ser guardado en secreto y admirado por nosotros. No debe ser publicado. Usted rechaza las ideas de los académicos Han, Tang, Sung y Ming; todos los confucianistas del país estarán en su contra y tratarán de arruinarlo.

El les respondió:

Jóvenes, ustedes no reflexionan con profundidad. Si este es el Camino del Mundo, no debe ser practicado en secreto; por el contrario, debe llenar toda la Tierra y ser practicado por los siglos de los siglos ... Una vez que mis reflexiones sean conocidas, toda la gente del Imperio las discutirá, las criticará y argumentará sobre ellas. Si como resultado de estas discusiones, críticas y argumentos corrigen sus errores, esto será auspicioso para el Camino.

Las interpretaciones de Soko no eran una nueva exégesis de los Clásicos, sino que, evidentemente, sus escritos tenían una clara direccionalidad política: “Las enseñanzas de los Sabios no deben ser estudiadas como literatura. Lo que se aprende hoy, debe practicarse hoy”.
La respuesta del Bakufu no se hizo esperar, inmediatamente, Seikyo Yoroku fue calificado de obra subversiva, y Yamaga Soko, condenado al exilio. Antes de partir hacia Ako, pronunció una ya célebre declaración:

Aquellos que me consideran un criminal deben pensar también que el Camino del Duque de Chou y de Confucio son criminales. Yo puedo ser incriminado, pero el Camino no puede serlo. Es una falta de las ideas políticas de nuestro tiempo que el Camino sea incriminado.

Otro gran adversario del Shushigaku, Ito Jinsai, prefirió el silencio al destierro. Jinsai jamás intervino públicamente y se negó a difundir sus ensayos. Durante la misma época recibió un ofrecimiento de Mitsushige –Daimyo de Hizen–, para que trabajara al servicio del Nabeshima Han, pero se negó y, al igual que Nakae Toju, padre del Yomeigaku, prefirió refugiarse en la soledad para continuar su trabajo sin ser molestado.
Algunos años más tarde, el Maestro Hagakure comentaría amargamente: “El hombre que tenga un poco de sabiduría no podrá evitar la tentación de hacer críticas a su época. Esta es la base del desastre”.
Como podemos apreciar, pese a las bellas palabras sobre la libertad de expresión que permitieron la entronización del Shushigaku, el gobierno militar se caracterizará por su monolitismo y su rechazo de las ideas que no fueran proclives al régimen. Finalmente –en 1790–, Tokugawa Ienari prohibió la difusión de “doctrinas diferentes”. La medida fue tomada para reafirmar la hegemonía del Shushigaku y bloquear el incontenible ascenso del Yomeigaku que dominaría el contexto ideológico del período Bakumatsu.

El patronazgo de la familia Hayashi se acentuó bajo Tokugawa Ietsuna, pero Tokugawa Tsunayoshi excedió todo lo que habían hecho los anteriores shogunes para apoyar al Shushigaku. En 1690, Tsunayoshi erigió un monumental santuario confuceano en Yushima, Edo; lo llamó Taiseiden, "El Palacio de la Perfección". En 1691, el heredero de la familia, Hayashi, Nobuatsu –1644/1732– recibió el quinto rango de la nobleza y fue nombrado Daigaku no Kami; un título equivalente al de un ministro de cultura y jefe de la universidad conjuntamente. A partir de este momento, la Escuela Hayashi, a la que se le habían otorgado grandes extensiones de tierra –ya contaba con un templo y una biblioteca–, dejó de ser una escuela familiar para transformarse en el centro de educación más importante del país. Al mismo tiempo, los académicos oficiales cesaron de afeitarse la cabeza y fueron separados definitivamente de la categoría monástica que los había identificado con los budistas.
La obsesión académica del quinto Shogun obligó a todos los Daimyo que quisieran gozar de su favor a realizar ingentes esfuerzos intelectuales. El antiguo concepto del Samurai, dedicado día y noche a la práctica de la esgrima y al estudio de la estrategia, fue sustituido por el ideal del guerrero ilustrado; más interesado en los estudios confuceanos que en la vela de las armas.
Según el Kenbyo Jitsuroku: “Los Daimyo que llegaban a Edo en residencia temporaria traían volúmenes de los clásicos con ellos. Los Samurai también asistían a las conferencias y el país entero se inclinó hacia la paz”.
El hábito de dar conferencias distinguió a Tokugawa Tsunayoshi de cualquier otro Shogun; su erudición era formidable y su amor por los clásicos le valió el apodo de Shonotsu Kubo –el Shogun libro–. Este interés exacerbado por la vida intelectual chocaba con la naturaleza de la cultura Samurai –más proclive a la acción que a las palabras–; las actividades del Shogun parecían tanto más extrañas a las costumbres por que se apartaban de las normas usuales del protocolo. Por ejemplo, la costumbre de visitar a los Daimyo y disertar en sus residencias. Este paroxismo de las disertaciones puede ser ejemplificado por un curso sobre el I Ching, ofrecido por el propio Tsunayoshi y que se extendió desde 1693 hasta 1700, ¡con un total de 240 sesiones!

...el Shogun se divertía con las conferencias, por esa razón los académicos olvidaron su deber de seguir estudiando todas las cosas –incluida la literatura– y se comportaron como si su única tarea fuera dar conferencias sobre el confucianismo. Como resultado de todo esto se han vuelto inútiles e ignorantes.

Según el comentario de Ogyu Sorai, uno de los filósofos más destacados de la época, el prestigio académico de la familia Hayashi declinó en proporción inversa a los favores oficiales. Las actividades escolásticas que el Shogun tomaba como pasatiempo fueron minando el prestigio de la escuela que empezó a ser vista como un antro de especuladores.


Las Leyes de la Compasión

La mentalidad política de la Era Genroku puede ser resumida en el postulado de Ogyu Sorai que dice: “… el talento y el intelecto deben ser desarrollados y ampliados por el estudio y el Estado debe ser gobernado por el Camino de las Letras”.

Aunque sean llamados caballeros, cuando los Samurai deben gobernar al Estado y al Mundo, lo hacen en tanto que dirigentes del pueblo. El hombre que ocupa una posición oficial no puede dejar de comprender que debe comportarse como un caballero ... el talento y el intelecto deben ser desarrollados y ampliados por el estudio. El Estado debe ser gobernado por el Camino de las Letras. Es estúpido pensar que este país podrá ser dominado mirando mal a la gente y haciendo ostentación de fuerza o reprimiendo a toda la población y aterrorizándola con la amenaza del castigo.
... Los viejos hábitos del período Sengoku habían sido considerados hasta hace poco tiempo como el Camino de los Samurai ... la brutalidad fue elogiada como valentía, los espíritus vehementes fueron tomados como ejemplo y muchos actos que carecían de benevolencia y violaban los principios fundamentales de humanidad fueron aceptados. [Por lo tanto fue esencial que Tsunayoshi] ... castigara el mínimo acto de brutalidad para perfeccionar el espíritu de benevolencia del común de las gentes.

El Bakufu había transformado la concepción tradicional del gobierno militar realizando la excelencia del Bushido. Más de medio siglo de paz, permitía pensar que los viejos hábitos de la clase Samurai debían cambiar completamente. En este contexto Tsunayoshi promulgó sus célebres “Leyes de la Compasión”.
Aún en aquella época, Edo era una ciudad violenta; durante la noche los robos y las matanzas sin sentido –tsujigiri– aterrorizaban a la población. Las bandas de grupos rivales de gokenin, ronin y chonin , conocidas como kabukimono o yakko, libraban auténticas batallas callejeras. Gracias a una serie de medidas de seguridad tomadas por Tsunayoshi la violencia desapareció de las calles y Edo se convirtió en la ciudad más pacífica del Imperio.
Al mismo tiempo, el Shogun dispuso de gran cantidad de fondos públicos para ayudar a los pobres y a los reclusos. Debido a las numerosas muertes entre los prisioneros que esperaban para ser juzgados en Kodenma-cho, todo el sistema sanitario de la prisión fue modificado y el tratamiento e los presos se hizo más humanitario.
También ordenó que quienes se enfermaban cuando estaban de viaje recibieran atención médica gratuita en los pueblos por los que pasaban en vez de ser devueltos a sus lugares de origen, como ocurría anteriormente. Promulgó leyes para proteger a los sirvientes de la sobreexplotación; prohibió el infanticidio y el abandono de los recién nacidos; ofreció una ayuda gubernamental para los huérfanos. Los campesinos, que hasta ese momento habían sido sometidos a la residencia compulsiva en sus lugares de nacimiento, fueron autorizados a cambiar de dominio, siempre y cuando hubieran pagado sus impuestos.
En estas leyes también se incluyeron extensos capítulos de reglamentaciones concernientes a los animales: se prohibió vender pájaros, peces y otras mascotas. La caza y la pesca fueron severamente limitadas, hasta el punto que, las aves que plagaban las cosechas, no podían ser eliminadas. Se prohibió marcar a los caballos y aún cortarles la cola; a pesar de los trastornos que todo esto implicaba, durante un tiempo se llegó a prohibir que fueran utilizados como bestias de carga.
En el castillo, se adoptaron las comidas vegetarianas y hasta se abandonó el hábito de comer mariscos –excepto en aquellas ocasiones en que había huéspedes de la nobleza–. La halconería, un arte usual entre los Samurai, fue prohibida, con esto se limitó aún mas todo lo relacionado con el antiguo ardor de los Bushi por la caza y las artes marciales.
Como Tsunayoshi era del signo del perro, había desarrollado una verdadera obsesión por protegerlos y, en 1698, se construyó un campo especial que llegó a cobijar a 8.748 perros cuyo alimento era pagado con un impuesto especial recaudado entre los habitantes de Edo.
Si tenemos en cuenta el deterioro creciente de la situación económica hacia el fin de la Era Genroku, resulta evidente que la política de alimentar perros vagabundos con el dinero público, debía volverse impopular. Los habitantes de Edo apodaron a Tokugawa Tsunayoshi con un segundo apodo: Inu Kubo, el Shogun Perro, triste seudónimo que las chismosas hacían correr de boca en boca y que el célebre dramaturgo Monzaemon Chikamatsu inmortalizó en una sátira de Joruri:

Tus perros y tus cerdos comen el alimento de los hombres y tu no haces nada por impedirlo ... esto nos conducirá finalmente a que las bestias devoren a los hombres.

Citando las mismas palabras que Mencio dirigiera al Rey Hui, Chikamatsu criticaba la inquietante actitud del Shogun hacia los asuntos públicos y los colosales gastos, castigos y resentimientos creados por el culto a los animales representado por las Leyes de la Compasión.


Ronin 47

La mañana del 15 de diciembre de 1702, los habitantes de Edo se despertaron sobresaltados. En la calle, la gente exaltada por la noticia, comentaba el increíble ataque contra la residencia del maestro de ceremonias del castillo, Señor Kira Yoshinaka. Durante la noche, cuarenta y seis ronin se habían aventurado en la tormenta de nieve para asaltar la casa de Kira. Después de vencer a la guardia y controlar a los moradores, lo ejecutaron según la costumbre del Katakiuch.
En 1700, Kira Yoshinaka había sido el encargado de organizar la recepción de un enviado Imperial. En su carácter de Maestro de Ceremonias, consideró necesario reprender públicamente al Daimyo de Ako, el Señor Asano Naganori. Pero la actitud de Kira fue considerada un insulto por el temperamental Señor Asano, quien desenvainó inmediatamente y trató de matar a Kira. Las consecuencias de haber sacado el sable en el castillo y más aún, el intento de matar a un alto funcionario del Shogun, fueron dramáticas. El Señor Asano fue condenado al Seppuku, su familia desprovista de sus dominios y sus Samurai transformados en parias, guerreros sin amo ni futuro. Aparentemente, una buena parte de lo ocurrido había sido inducido por las intrigas del Señor Kira.
Los 46 Samurai de Ako decidieron preparar su venganza. Durante casi dos años, fingieron la más absoluta corrupción con el propósito de confundir a las autoridades sobre sus propósitos. Finalmente, cuando nadie lo esperaba, tomaron a su rival por sorpresa y, según una antigua costumbre, llevaron su cabeza en signo de desagravio hasta la tumba de su antiguo Señor. Inmediatamente después, se retiraron al monasterio de Sengakuji y solicitaron a las autoridades que juzgaran su conducta.
En un siglo de vida pacífica, los valores del Bushido, fuertemente influídos por el Neoconfucianismo, se habían transformado radicalmente. El Shushigaku era una religión del orden perfecto, una concepción cósmica y moral a la vez. En este contexto, la súbita irrupción de las costumbres sangrientas del pasado tuvo un efecto inquietante por demás. El gobierno se sintió paralizado momentáneamente por un hecho que, si bien violaba la Ley, correspondía a los sentimientos de lealtad, piedra angular del sistema. Para agravar aún más las cosas, el líder de los ronin, Oishi Yoshio, era discípulo del disidente Yamaga Soko y su conducta se había apoyado en las enseñanzas de este último.
Por su parte, el Señor Kira no gozaba de una gran popularidad y sus maquinaciones contra Asano eran conocidas por todos. La conducta de los Samurai de Ako, anclada en su atávico sentido del deber, era incuestionable desde el punto de vista moral. Pero, la venganza fue considerada inadmisible dentro del espíritu de orden impuesto por las Leyes Militares. Este choque entre la tradición y la ley puso de relieve la mutación sufrida por el país bajo el Shogunado Tokugawa. Por la misma razón, los académicos fueron llamados a pronunciarse sobre la cuestión.
Una vez a punto de presentar su veredicto, experimentaron el desafío ético más inquietante: ¿debían sacrificar el Ethos a la Ley abriendo las puertas a una contradicción entre el espíritu Samurai y el Bushido de los académicos? O, de lo contrario, aceptar una violación del orden público que podía retrotraer a la sociedad a una época de violencia.
Muro Kyuso fue uno de los primeros académicos en pronunciarse. En su célebre Ako gijin roku –Memoria de los leales hombres de Ako–, aprobó sin reservas la venganza de los Samurai como un ejemplo del Bushido. Más tarde en su obra Meikun Kakun expresó que: “El honor no se realiza con palabras”.
Por su parte Ogyu Sorai, puso de relieve la irresponsabilidad de Asano y sus vasallos:

Todo el mundo se imagina que los cuarenta y siete sacrificaron la vida al servicio póstumo de su Señor, dando prueba de una lealtad absolutamente desinteresada. Todo el mundo los llama “guerreros del deber”. No obstante, fue Asano Naganori quien decidió matar a Kina Yoshinaka y no Kina Yoshinaka quien mató a Naganori; no se puede decir que él era el enemigo de su Señor. Por haber intentado matar a Yoshinaka, Naganori causó la pérdida de su dominio en Ako … En un acceso de cólera, Naganori olvidó a sus ancestros y se dejó llevar por la brutalidad. Se equivocó al querer matar a Yoshinaka. Es necesario recordar que faltó a su deber. Hasta se podría decir que los cuarenta y siete heredaron los malos designios de su Amo. ¿Pero se puede llamar a esto deber? Al no poder salvar a su Amo del deshonor conservando la vida, prefirieron morir para cumplir su designio.

Según el Maestro Hagakure el error de los cuarenta y siete, no fue la ejecución del Katakiuchi, sino más bien la demora en practicar su venganza:

Un hombre fue avergonzado en público porque no había cumplido con su venganza. El Camino de la Venganza –Katakiuchi– consiste, simplemente, en abrirse paso entre el enemigo hasta morir. El Samurai que actúe de esta manera nunca tendrá de qué avergonzarse. Si uno se pasa el tiempo calculando cuántos hombres tiene el enemigo, al final, termina por abandonar el objetivo. No importa si el enemigo tiene miles de hombres. ¡Hay que pararse frente a ellos y empezar a cortarlos por un extremo! Terminarás con una buena parte rápidamente.
Con respecto al ataque nocturno de los cuarenta y siete ronin, debería aceptarse el hecho de que actuaron con gran dilación y postergaron su venganza durante casi dos años. En mi opinión, deberían haber realizado el Sepuku inmediatamente. Si el Señor Kira hubiera muerto de alguna enfermedad durante la preparación de su venganza, toda la conspiración habría abortado.

Para Hayashi Nobuatsu, representante de la ortodoxia oficial, la situación no era tan simple. En búsqueda de una solución positiva, propuso que las vidas de los Samurai fueran perdonadas. Sin embargo, el Consejo de Ancianos se pronunció en su contra. En esa ocasión, mientras escuchaba el veredicto de los jueces, Hayashi compuso un poema que muestra sus sentimientos ante la conflictiva situación:

La sinceridad atraviesa el sol. ¿Por qué dudarían en morir?/
El espíritu de la justicia hiende las montañas.
En realidad, la vida tiene poco valor.
Los cuarenta y seis caerán bajo el sable.
El Cielo no da signos de salvar a los leales Samurai.


La actitud de los cuarenta y seis Samurai era un desafío al Estado y a su concepto del Bushido. En vez de suicidarse después de matar a su enemigo, decidieron someter su caso ante la corte del Shogun, provocando así una confrontación entre el código tradicional y el código institucional. El resultado de esta confrontación demuestra las dificultades filosóficas a las que se enfrentaban los intentos de crear un Bushido apoyado en los conceptos del Shushigaku. En sus proposiciones finales sobre el caso, Hayashi Nobuatsu introduce una explicación absolutamente inédita:

Si consideramos esta cuestión de acuerdo con el espíritu de los clásicos, nos vemos forzados a concluir que, sobre las bases de sus motivos, fue correcto que durmieran en el suelo usando sus sables como almohadas y tomaran venganza de su enemigo al que no podían permitir que siguiera viviendo bajo el mismo cielo. Es una violación del Camino de los Samurai aferrarse a la vida y aceptar la vergüenza. Pero desde el punto de vista de la Ley, aquellos que violan el orden deben ser ejecutados. Aunque actuaron para cumplir los deseos de su difunto Señor, quebraron la Ley. Su comportamiento fue descontrolado y desobediente. Por lo tanto fue necesario arrestarlos y ejecutarlos como un ejemplo para las futuras generaciones. De esta manera hemos sustentado y clarificado la Ley. Los dos enfoques parecen diferir pero, en realidad, coexisten y no se contradicen.

La historia de los 47 Ronines consagra el mito del Samurai como encarnación del ideal de lealtad a una causa, mientras que, la ideología del Neoconfucianismo le oponía el Ethos del funcionario letrado. A pesar del intento de unificar el mito y la ideología, ambos reflejaban la oposición entre dos clases de hombres. Los leales Samurai fueron condenados por aquellos que nunca habían peleado en una batalla, hombres que no habían tenido que derramar su sangre, sino la negra tinta de los documentos oficiales. Esta victoria del burócrata sobre el guerrero, de la tinta sobre la sangre, demuestra la necesaria transformación de la sociedad después de más de un siglo de reinado Tokugawa.


El Mundo Flotante

La era Genroku, comprendida entre los años 1688-1704, fue una época de profundas mutaciones en la sociedad feudal. Después de un siglo de paz acompañado de un fuerte crecimiento urbano, la aparición de un nuevo estilo de vida en las ciudades de Kyoto, Edo y Osaka tendría un fuerte impacto sobre las costumbres ancestrales de los Samurai.
Con alrededor de 1.3 millones de habitantes, la villa de Edo, centro del gobierno de los Tokugawa, se había transformado durante el siglo XVIII en una de las grandes ciudades del mundo premoderno. Este proceso de crecimiento acelerado había comenzado en 1615, cuando las Leyes Militares, promulgaron el sistema de residencia alternada o Sankin Kotai, que forzaba a los Tozama Daimyo a residir en la ciudad, estableciendo una residencia permanente y dejando a sus familias en calidad de rehenes del gobierno cuando regresaban a sus dominios.
La medida, destinada a prevenir las rebeliones locales, provocó el éxodo de gran cantidad de Samurai hacia la nueva capital, iniciando un proceso de migración del campo a la ciudad. El resultado, fue un rápido crecimiento de Edo que estimuló las actividades comerciales de una manera desconocida anteriormente. El protagonista de este auge económico fue el Chonin –comerciante enriquecido y acaparador, usurero y ávido gestor del consumo suntuario producido por el nuevo estilo de vida–. Alrededor de la figura del Chonin surge el ciudadano liberto o eledokko, exonerado de las actividades rurales, artesano o intermediario, gestor y servidor, amante del buen gusto y los placeres nocturnos.
Como efecto de las Buke Shohatto, los Samurai, que provenían originalmente del medio rural, se fueron alejando de su paisaje natural y pasaron a residir en las ciudades fortaleza, donde las murallas de los castillos se disolverían confundiéndolo en el marasmo de la vida urbana con el comerciante y el ciudadano; alejándolo de su tradicional reserva y austeridad, para llevarlo a frecuentar el teatro y las casas de geishas o hacer gala de sus ropas y adornos ante la mirada envidiosa del vulgo.

La manera en que se comportan cotidianamente, sus adornos, su comida y su bebida, el amoblamiento de sus estancias, su servidumbre, la conducta de sus esposas y la actitud de los mensajeros que envían con cartas y regalos, los guardias que los acompañan en sus procesiones por la ciudad, el estilo con el que viajan, sus ceremonias de iniciación, sus matrimonios y entierros … en todo ello tienden a ser mas y mas extravagantes de acuerdo con la tendencia de la época.

Los Samurai comenzaron a maquillarse y perfumarse; sus sables fueron decorados con oro y plata. Como ya no había guerras y sólo peleas callejeras, los soldados sucumbieron, tal como lo habían hecho los de Anibal en Capua, a las nada desdeñables “milicias de Edo”. La vida nocturna cobró una dimensión inimaginable unos años atrás “y las casas de geishas florecieron a tal punto durante las eras Genroku y Hoei que parecían paraísos durante el día y el palacio del dios del mar por la noche”.
Para cubrir sus nuevas necesidades suntuarias, los Samurai contaban con un estipendio en arroz que debían transformar en oro y posteriormente en monedas de cobre para acceder al mercado. Esta demanda creciente de bienes de consumo y de circulante, se enfrentó con los límites de una economía agraria cuya producción y cuyas rentas en arroz eran constantes. El estipendio de los Samurai, extraído a los campesinos bajo la forma de impuestos en especie, no podía ser aumentado sin crear una profunda crisis social. Para subvenir a sus nuevas y crecientes demandas de liquidez los guerreros se vieron obligados a recurrir a los prestamistas. Esto no hizo mas que acrecentar el poder de la nueva clase de mercaderes –Chonin–, transformados en usureros y magnates de última hora.

En el presente, los pequeños y los grandes Daimyo, tienen que agachar la cabeza y pedirle favores al Chonin. Dependen del apoyo de los ricos comerciantes de Edo, Kyoto y Osaka … sólo pueden sobrevivir gracias a su continua asistencia y siempre están escapando a los acreedores que vienen a cobrarles sus préstamos … han perdido la tranquilidad y se preocupan durante todo el día por la forma en que darán excusas cuando no puedan pagar. Temen a los prestamistas como si fueran demonios y olvidando que son guerreros se inclinan ante los comerciantes.

Durante los últimos treinta años las costumbres han cambiado. Ahora, cuando los jóvenes Samurai se reúnen, hablan de dinero, de ganancias y pérdidas; cuentan secretos o se ocupan de la moda y del sexo … Las nuevas costumbres han aparecido a causa del papel preponderante del dinero.

Los Samurai ya no temieron mezclarse con los comerciantes y esta coexistencia fue la base de la nueva cultura afluente que barrió con muchas conductas del pasado basadas en la jerarquía y la segregación. Pese al materialismo imperante, la era Genroku fue una época de grandes adquisiciones culturales y artísticas que transformaron el austero mundo medieval en una colorida sociedad de masas dedicada al consumo conspicuo, al entretenimiento y a la moda.
El auge del teatro provocó la llegada de gran cantidad de actores a la villa de Edo, este florecimiento del teatro se desarrollaba no solamente en el castillo y entre la aristocracia sino que también el pueblo disfrutaba de otros géneros que rivalizaban en belleza y estilo con la tradición del Nohgaku. Esta disciplina dramática, patrocinada por todos los shogunes desde el período Muromachi, se constituyó para Tokugawa Tsunayoshi, en el objeto de un culto privado:

El Shogun amaba el Sarugaku, los Daimyo y Samurai siguieron su ejemplo, por eso, los cánticos del Noh se escuchaban a la distancia y sus ecos llenaban el castillo. Muchos vasallos competían entre sí por estudiar el Nohgaku, pensando que así serían elevados de rango, tanto los Samurai, como los plebeyos, perdieron la vergüenza y se volvieron actores de Noh.

Las funciones públicas de Nohgaku –Kanjin Noh–, que hasta ese momento habían estado prohibidas al gran público, se celebraban ahora bajo el patrocinio del Shogun. Para los plebeyos estaba el nuevo teatro popular, Kabuki, que se caracterizaba por la pantomima grotesca –Aragoto–. Su creador, Danjuro Ichikawa I, se burlaba de los grandes personajes de la época a través de la estética bufa. Su obra contenía una lúcida crítica de la sociedad de la era Genroku: el desencanto producido por la vida urbana, la promiscuidad y el deterioro de las costumbres estoicas de los tiempos de guerra, todo esto fue representado de manera manera brillante por el Kabuki.
De la matriz iconográfica del Kabuki surgirían las innovaciones estéticas más importantes que tratan de representar la visión del llamado “mundo flotante”. Durante todo el siglo XVIII, la atmósfera creada en torno al gusto sensual y lánguido del edokko fue expresada de manera emblemática por la iconografía Ukiyo-e y por una categoría muy particular de la época: el complejo estético del Iki, estas categorías regulaban el gusto y la moda, haciendo de la pertenencia a sus códigos el factor preponderante en la vida social, cuyo nuevo referente era el demimonde.
Ukiyo había designado, tradicionalmente, el sentido triste y transitorio del mundo sensible. Una estética de la melancolía, centrada en la figura del Mono no Awaré, representaba poéticamente la tristeza de las cosas, la nostalgia por la impermanencia del mundo y la existencia con figuras lingüísticas como Ukiyo no yume “el puente flotante de los sueños” –una metáfora que aparece en la literatura del período Heian–. En la era Genroku, esa misma categoría comenzó a designar al “mundo flotante” y pasó a calificar la atmósfera de ensoñación y sensualidad que la vida nocturna ofrecía al ciudadano, al comerciante y al Samurai.
De esta manera, la fugacidad del mundo que había embriagado a la aristocracia con un melancólico nihilismo, fue revertida por la nueva estética en fascinación erótica y culto de la sensualidad. Ukiyo se transformó entonces en un sinónimo del demimonde, descipto en las novelas profanas –Ukiyozoshi–, de Ihara Saikaku. La expresión zoshi, “cuento de hadas”, aplicada a la expresión Ukiyo, “el mundo de lo impermanente”, fue una innovación lingüística del propio Saikaku, que pretendió ilustrar con ella las vicisitudes amorosas de los Samurai y las Geishas, creando así un estilo literario nuevo por su audacia para describir el erotismo rampante de aquellos días.
Si bien, las innovaciones estilísticas de la era Genroku, forjaron una nueva cultura afluente que derrumbó las rigideces del mundo feudal, el signo decadente de la época se expresa en todos los géneros: exageración, perversidad y esnobismo estuvieron a la orden del día en muchas de las expresiones surgidas por un rebajamiento de las artes nobles.
Esta tendencia decadente se haría manifiesta en todas las áreas hacia el final del siglo XVII. Las sucesivas devaluaciones de la moneda, la adulteración del oro y la quiebra del tesoro a causa de los gastos suntuarios de Tsunayoshi, crearon un profundo descontento en la sociedad tradicional que vio peligrar las bases morales de su dominio. La extravagancia del Shogun, su extraños hábito de danzar en la corte o disertar interminablemente sobre los clásicos chinos, lo enemistó con los Samurai que guardaban las tradiciones y, al final de su reinado, surgieron numerosas críticas contra el debilitamiento de las costumbres favorecido por su carácter licencioso.
En 1703, Edo y las provincias adyacentes del Kanto, fueron sacudidos por terribles temblores de tierra. Los muros del castillo, las mansiones y los templos quedaron severamente dañados por un pavoroso incendio en el que perdieron la vida treinta y siete mil personas. De esta manera, el mundo que había surgido del esplendor dispendioso y sensual se vio amenazado por la catástrofe.
La conmoción fue tan profunda que la era Genroku fue clausurada y una nueva época sombría, la era Hoei, fue inscripta en el calendario imperial.
En 1707, Hoei 4, hubo una violenta explosión en el Monte Fuji. Durante un día entero, el cielo de Edo se oscureció completamente, aterrorizando a las gentes que vieron en esta nueva calamidad un signo del fin de los tiempos.
Cuando las cenizas se disiparon, todos pudieron ver con asombro que, la cima del Fuji San había sido truncada por la erupción. Las cenizas, que se habían esparcido en una capa de varios centímetros, destruyeron los sembrados y arruinaron las tierras adyacentes del Kanto.
El Shogun Tokugawa Tsunayoshi, que era un hombre muy supersticioso, convocó a los académicos confuceanos y a los monjes budistas para que interpretaran el sentido de las catástrofes naturales. Pero ninguno se atrevió a hablar por temor a las represalias. Sólo el monje Yuten, del Denzu in, le respondió que “la catástrofe era, según la ley budista de causa y efecto; un castigo por su decisión de matar hombres para proteger a las bestias y a los pájaros”.
Durante el siguiente año, Hoei 6, se produjeron nuevos desastres naturales: lluvias e inundaciones, grandes incendios, tifones y epidemias. A finales del mismo año, la peste acabó con el primogénito de y en Hoei 7, la misma epidemia provocó la muerte del quinto Shogun Tokugawa, Tsunayoshi.
Después del esplendor de la era Genroku, los sucesos de la era Hoei crearon un clima apocalíptico. Para los académicos confuceanos, los signos cósmicos que precedían el hundimiento de las grandes dinastías eran inequívocos; el “revocamiento del mandato del cielo” era el causante de los desastres naturales que anulaban el poder de los soberanos provocando revoluciones y cambios de gobierno. Los monjes budistas recordaron la antigua profecía de Dengyo Daishi: Mappo Tomyo Ki, que auguraba la llegada de una época oscura “la era del Fin de la Ley”, como consecuencia del olvido gradual de los mandamientos de Buda.

Según el Maestro Hagakure hemos llegado al fin de los tiempos:

El clima de una era es inalterable. Aquello que llamamos espíritu de la época, es algo a lo que no se puede volver. El hecho de que ese espíritu se disuelva gradualmente prueba que hemos entrado en el último estadio de la Ley. De todas maneras, no podemos estar siempre en primavera, ni vivir bajo la luz del día eternamente.

Como signo de los tiempos la masculinidad misma ha decaído y, ahora el pulso de los hombres no se diferencia de el de las mujeres:

Algunos años atrás Matsuguma Kyoan contó esta historia: “en la medicina se aplican tratamientos diferentes de acuerdo con el In y el Yo del hombre y la mujer. También hay una diferencia en los pulsos. Sin embargo, en los últimos años, el pulso del hombre se ha vuelto igual al de la mujer. Cuando me di cuenta, les apliqué el mismo tratamiento y obtuve igual resultado. Ahora bien, cuando utilicé el tratamiento masculino para los hombres, no sirvió de nada. Entonces comprendí que el espíritu masculino se había debilitado y que los hombres se habían vuelto como las mujeres. Lo guardé en secreto, porque comprendí que el fin del mundo había llegado”.


Una conversación en las sombras de la noche

En este contexto crepuscular se producirán las “conversaciones en las sombras de la noche” entre Yamamoto Tsunetomo y Tsuramoto Tashiro. Aquellas que dieron lugar a lo que mas tarde fue llamado Nabeshima Rongo –Analectas de Nabeshima— o, simplemente, Hagakure.
Resulta imposible comprender las enseñanzas del maestro sin apelar continuamente a la situación del Japón en las eras Genroku y Hoei. La concepción del mundo que aparece desplegada en este diálogo secreto, es la cara opuesta del “mundo flotante”. Aquí habla la voz de la tradición que se alza contra la decadencia del Bakufu, oponiéndole el ethos Samurai.
Como sabemos la forma típica del academicismo Tokugawa es el Shushigaku o neoconfucianismo, según su concepto el Samurai debe transformarse en un letrado y ocupar un rol en la burocracia estatal. La guerra ha cesado gracias a la aplicación de la Doctrina de los Sabios. La era del samurai rústico debe terminar y con ella toda violencia será expulsada de la sociedad regida finalmente por la ley.
Es precisamente, a esta concepción del mundo a la que Tsunetomo ataca en sus enseñanzas, a pesar de su notable formación literaria con maestros provinciales e imperiales, su perspectiva descarta el intelectualismo: “los intelectuales son hombres que ocultan su cobardía con palabras”.

Las anécdotas, comentarios y aforismos que han sido recopilados y seleccionados aquí entre una gran masa de textos que se refieren las tradiciones locales de Nabeshima, se caracterizan por expresar una sola idea fuerza: el Samurai sobrevivirá a la decadencia de los tiempos si mantiene en vigencia el espíritu de sacrificio ejemplarizado en la muerte voluntaria.
“El Camino de los Samurai es la muerte”, esta frase capital, constituye el leitmotiv de las enseñanzas de Hagakure. Ella aparece en distintos ejemplos y anécdotas que hablan del final de los grandes hombres que cumplieron con su deber entregando sus vidas en la guerra, en un duelo o en una vendetta. Pero el maestro va mas lejos aún cuando afirma: Bushido wa jinigurui nari. “El Camino de los Samurai consiste en volverse loco y morir”.
La frase de Nabeshima Naoshige: “el principio –Ri-- está más allá de la razón”, tiene el mismo sentido. Sobre la base de estas expresiones Hagakure fue considerado un texto que predica el irracionalismo y el fanatismo. En efecto, Tsunetomo parece dar a entender que un verdadero Samurai debe comportarse como un fanático en ciertas ocasiones.
Mientras reflexionaba sobre estas cuestiones consulté un día a un viejo maestro de Kanji acerca del sentido de la expresión jinigurui. Me respondió riendo que: “no se puede acceder a la muerte en un estado mental normal”; para morir hay que despojarse de la mente cotidiana. “Entrar en la muerte a través de la locura”, esto es lo que supone la expresión jinigurui.
Esta expresión podría traducirse de muchas maneras sin agotar su sentido; pero, es necesario subrayar que no se refiere a la forma de patología mental a la que hacen referencia nuestras instituciones psiquiátricas, sino que allí “locura” puede leerse desde la tradición Zen, como ese estado mental en el cual el sexto patriarca, Eno –chino Hui Neng–, rompe los sutras porque considera que la razón es un obstáculo para acceder al último principio –Ri.


El destino de Hagakure


Muchas de las opiniones expresadas en Hagakure caían bajo la censura del gobierno, por lo tanto, aquellos que tuvieron acceso al manuscrito, se cuidaron de mantenerlo a cubierto de las miradas de los inspectores del Bakufu. Los manuscritos circularon en secreto entre los Samurai de Nabeshima y fueron ignorados por la opinión pública hasta la época de la Restauración Meiji, en 1868.
Con el resurgimiento de los clanes Tozama y la revisión de los dogmas oficiales de los últimos tres siglos, las críticas de Hagakure a la era Genroku se volvieron aceptables para el nuevo contexto ideológico. Entonces, las palabras de Yamamoto Tsunetomo fue exaltada como un ejemplo del espíritu nacional –Yamato Tamashii–. Asimismo, la lealtad absoluta que Hagakure reservaba para el Daimyo, fue reinterpretada en términos de devoción al sistema imperial. Este aggiornamento, permitió que Hagakure fuera aceptado entre los tratados oficiales de Bushido y, por primera vez, su lectura se colocó a la par de los grandes textos clásicos que trataban del ethos Samurai.
En las últimas décadas del siglo XIX el Japón asumió el destino de la movilización total impuesta por las grandes potencias a partir del Congreso de Berlín. Esto significaba adoptar una política de modernización compulsiva que pudiera tener un impacto adecuado sobre la seguridad nacional. La divisa de esta época fue: “Un país rico y un ejército poderoso”.
Para comienzos del siglo XX los Samurai habían dejado de existir y sus tácticas militares, condenadas como anacrónicas, cedieron el lugar a un nuevo concepto inspirado en los modelos militares occidentales. Un nuevo ejército imperial, formado en su mayor parte por campesinos, sustituyó así a los antiguos cuerpos de espíritu aristocrático. Sin embargo, buena parte de la oficialidad de estas nuevas fuerzas armadas había pertenecido a los clanes Samurai y sostenía buena parte de los antiguos valores. Esto pudo comprobarse en la conducta del general Nogi que sacrificó a sus dos hijos en las trincheras de la Guerra Ruso Japonesa y más tarde se inmoló junto a su esposa como señal de duelo por la desaparición del Emperador Meiji.
Durante la época de la invasión a China, en los años treintas, los valores tradicionales de los Samurai ya habían sido adaptados a las trincheras. Por ejemplo, en febrero de 1932, mientras se libraba una dura batalla por el control de Shangai, una columna japonesa se vio bloqueada por una fortificación china. Tres soldados japoneses decidieron romper la defensa enemiga a costa de sus propias vidas; cargando un largo torpedo naval en sus brazos, se lanzaron contra la posición china y volaron en pedazos al detonar el proyectil. Este acto de heroísmo se hizo famoso y los tres hombres fueron inmortalizados como Bakudan sanyushi, las tres bombas humanas. Una foto, tomada en 1936, muestra a varios niños en un saludo –Banzai--, ante la estatua de los tres soldados erigida en el Templo de Seisho, prefectura de Shiba. Según el maestro D. T. Suzuki, la prensa de la época relacionó el episodio con el espíritu de la obra conocida como Hagakure.
En 1937, la editorial Kozaisha publica la primera edición masiva de la obra que sería una de las más leídas durante la Segunda Guerra Mundial.
Fue, precisamente, en la Guerra del Pacífico cuando los pilotos japoneses decidieron recurrir a tácticas suicidas para intentar, desesperadamente, torcer el curso de las operaciones aeronavales. Mucho antes del que las unidades Kamikaze fueran establecidas oficialmente varios pilotos de la Marina Imperial ya habían usado el choque directo –taiatari--, en sus combates contra los B-24 americanos. El primero de estos choques del que se tenga memoria tuvo lugar en mayo de 1943, cuando el sargento Oda estrelló deliberadamente su pequeño Ki-43, contra un B-17, logrando con su sacrificio la supervivencia de un convoy entero.
En la batalla de Santa Cruz, en septiembre de 1942, una flotilla de bombarderos japoneses se estrelló por su propia decisión contra el portaviones Hornet y, en 1944, cerca de la isla de Negros, un incidente similar destruyó a otro portaaviones americano.
Estas acciones suicidas habían sido el producto de la decisión espontánea de los pilotos y no una conducta aplicada sistemáticamente. A fines de octubre de 1944, aquello que había constituido una hazaña individual dictada por las circunstancias, se transformó en un modus operandi de la aviación naval. La iniciativa fue tomada por el Almirante Onishi quien, desesperado por el avance incontenible de los americanos, concibió la idea de colocar una bomba de 250 kg en los aviones Zero Sen, para lanzarlos como proyectiles tripulados contra los barcos enemigos. El texto de la orden fue el siguiente: “El grupo aéreo 201 organizará una fuerza especial de ataque y destruirá o dañará a partir del 25 de octubre los portaviones enemigos que naveguen al este de las Filipinas. Este cuerpo será llamado Shimpu Tokubetsu Kogekitai”.
Shimpu era el nombre dado al Viento Divino –Kamikaze–, que había destruido a las flotas enviadas por Kublai Khan en el siglo XIII. Ahora, se esperaba que el sacrificio de unidades enteras desmoralizaría al enemigo y defendería al País de los Dioses.
Como resultado del curso de la guerra, las tácticas suicidas se multiplicaron; vá más allá del objeto de este prólogo el detallar los métodos y variantes adoptados para tratar de contrarrestar la superioridad técnica del enemigo con el arma espiritual del País de Yamato. Pero si interesa recordar aquí es que de acuerdo con los testimonios de la época la lectura de Hagakure acompañó a muchos jóvenes en sus últimas horas. La frase capital de Jocho: “el Camino de los Samurai se encuentra en la muerte”, fue la divisa de estos héroes que subían a su avión portando con orgullo el mismo sable que sus antepasados habían honrado en mil batallas.
Cuando había concebido este recurso extremo para defender a su país, el Almirante Onishi escribió estas líneas que parecen brotar del espíritu de Hagakure:

Hoy florecen
Mañana serán arrasadas por el viento,
Las flores de mi país
¿Podrá su perfume durar eternamente?









[b]

Gabriel_Sarando
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