Fragmentos de un Viaje hacia la Nada. Sheltering Sky.

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Fragmentos de un Viaje hacia la Nada. Sheltering Sky.

Mensaje  Gabriel_Sarando el Dom Mar 14, 2010 10:21 am



Cuando llegué aquí, no aspiraba a nada. Y ahora sólo quiero que nada siga siendo para
mí un mero nombre, una simple palabra ...

Goethe. Viaje a Italia.


¿Es que la nada puede encontrarse, o tan siquiera buscarse? Quizás no se necesita buscarla y encontrarla, porque es aquello que menos perdemos; es decir, aquello que nunca perdemos.

Martín Heidegger. El nihilismo Occidental.


Este seminario constituye un intento por pensar las relaciones entre el viaje, el nihilismo y la literatura. A través de una recorrida por el romanticismo y el postromanticismo se establecerá la relación entre la literatura y la “huída del mundo” como rebelión ante la modernidad indeseable.

Desde un punto de vista ontológico, esta jornada hacia ningún lugar constituye una variante de la fuga mortis. Como en el cuento persa donde el jardinero escapa a Samarcanda, donde lo espera la muerte, el viajero que huye termina encontrando su final, “su” nada que ha llevado siempre consigo, en el lugar menos esperado ...

Se podría hablar de una geografía de la huída: Italia, Africa, México y Tahiti constituyeron, alternativamente, la tierra prometida de los que huían; topos del exilio del mundo. Italia lugar de peregrinación de románticos alemanes e ingleses. Goethe, Shelley, Byron y Nietzsche experimentan allí una revelación. Africa musulmana, el Mahgreb, lugar exótico y sensual que excitará las fantasías de Flaubert,de Rimbaud, de Isabelle Eberhardt, de Tomas Edward Lawrence, de Jane y Paul Bowles y más tarde la de los beatniks.
México se impone en las preferencias de los expatriados americanos: pira de Amborse Bierce y trampolín de Hart Crane, Lawrence Ferlinghetti, William Burroughs, Jack Kerouac, se contarán tambiém entre sus adictos. México recibirá a los anglosajones que huyen de su civilización: D. H. Lawrence, Katherine Ann Porter, Conrad Aiken, Malcolm Lowrry.

La “nada” que acompaña al viajero aparece bajo la máscara de lo otro. Byron muere consumido por las fiebres en Misolonghi; Baudelaire cae fulminado por el ictus sifilítico en Bruselas; Nietzsche enloquece en Turín; Rimbaud enferma mortalmente en Etiopía y lo mismo ocurre a Gauguin en Tahiti. Jane Bowles pierde la razón en Tanger.

Baudelaire había dicho en los Paraísos Artificiales: “solo podemos cambiar nuestro destino por otro peor”. Fugitivus errans así define su condición el autor de "El viajero y su sombra". En la experiencia del viaje como alteridad aparece la fantasía de torcer el destino, de encontrar “otra vida”. Lamentablemente, la identidad —vivida persecutoriamente—, se impone al viajero. Como dijo Bioy Casares: "Lástima que, al partir, uno tenga que llevarse..."

Goethe huye en secreto, de la seguridad opresiva en Weimar, deviene Jean Philipe Möller, pintor. Isabelle Eberhardt y Thomas Lawrence se travestizan bajo las ropas árabes para vivir un sueño imposible: el de ella, ser hombre, libre y escritor. El de Thomas, transformarse en un príncipe beduino —El Aurens—, asumir su homosexualidad culpable lejos de la sociedad victoriana. Isabelle desaparece con su obra, arrasada por las aguas del Oued; Lawrence, príncipe destronado, se transforma en Mr. Shaw el gris mecánico de tanques, “suicided by misfortune” .

La trágica serie de viajes hacia la nada es sucedida por la gran generación de escritores viajeros. DH Lawrence y Malcolm Lowrry han inmortalizado su séjour en dos maravillosas novelas: "La serpiente emplumada" y "Bajo el Volcán". En ambas narraciones la presencia de la muerte es obsesiva y las visiones de un México en ruinas se vuelven una metáfora de la descomposición humana. Finalmente, un ave negra y solitaria, Ferdinand Céline, escribirá el canto de cisne del nihilismo literario: Voyage au bout de la nuit —"Viaje al fin de la noche"— el relato más acabado del viaje hacia la nada.

En los años de la segunda guerra se produce una nueva exploración de los territorios infernales: Paul y Jane Bowles recorren los mismos parajes descriptos por sus antecesores: México y el Norte de Africa, lugares que ya han adquirido una nueva significación: el exilio del mundo.
Tánger será el destino de esta nueva generación allí es donde Jane se precipitará en la locura —vaticinada en la novela de Paul sobre el Sahara—, donde Burroughs, Ginsberg, Kerouac acudirán para transitar alucinados las callejuelas de la Casbah. Tánger es el lugar de una nueva revelación, punto final del viaje hacia la nada.


Las estaciones de este recorrido son las siguientes:

1) Fragmentos de un Viaje hacia la Nada. Sheltering Sky. Jane y Paul Bowles. Ver infra.
2) Fragmentos de un Viaje hacia la Nada. Manuscritos Póstumos. Charles Baudelaire en Bélgica. (Ver Libros).
3) Fragmentos de un Viaje hacia la Nada. Under the Volcano. Malcolm Lowrry.
4) Fragmentos de un Viaje hacia la Nada. Voyage au nout de la nuit. Ferninand Céline.
5) Fragmentos de un Viaje hacia la Nada. On the road. Jack Kerouac


Última edición por Gabriel_Sarando el Vie Mar 26, 2010 6:15 am, editado 17 veces

Gabriel_Sarando
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Re: Fragmentos de un Viaje hacia la Nada. Sheltering Sky.

Mensaje  Gabriel_Sarando el Dom Mar 14, 2010 6:42 pm

I. SHELTERING SKY
Paul y Jane Bowles en Arabia









"Lo que tiene nuestro destino de nuestro y de distinto, es lo que tiene de parecido con nuestro propio recuerdo".
Eduardo Mallea. Historia de una pasión argentina.


La novela de Paul Bowles sobre su viaje a Marruecos en los años cincuenta forma parte de un mito que continúa con la creación del grupo de Tánger y la aparición de la Beat Generation. La gestación de este viaje y las vicisitudes que lo acompañan, su fantasmagórico reflejo en El Cielo Protector y la profecía acerca del destino de Jane Bowles que constituye el terrible final de la novela, están esbozados en este ensayo. El forma parte de un proyecto más amplio; los Fragmentos de un Viaje hacia la Nada, cuya primera parte fue editada hace ya algunos años.


Rack & Ruin

"Repetición y recuerdo participan del mismo movimiento, aunque en sentido opuesto, pues lo que se recuerda ya fue, y se repite hacia atrás; en cambio, la repetición propiamente dicha, se desarrolla recordando hacia adelante".
Soren Kierkegaard. La Repetición.

El primero de julio de 1947 Paul Bowles se embarcó en el vapor Ferncape rumbo a Tánger, había estado allí en 1931. En un sueño —algunos meses antes de partir nuevamente—, se vió caminando por las calles de la ciudad encantada. Dieciséis años después volvía a sentir el llamado de Marruecos. Abandonando su carrera de compositor, su matrimonio y el milieu neoyorquino, que lo contaba entre sus protagonistas, emprendió el camino que lo separaría definitivamente de la cultura occidental.

El viaje estuvo a punto de frustrarse porque Jane Bowles perdió su pasaporte unas horas antes de la partida. Como Port Moresby —en Sheltering Sky—, se vió revolviendo las maletas en busca de unas señas de identidad que alguien —o algo—, parecía escamotear delante de sus propios ojos. Cuando finalmente encontró sus documentos en el armario de su esposa, ella se hechó a reír: "Sabes que no quiero que te vayas; así que habré sido yo".

En el barco viaja también Gordon Sager, quien trabajaba por esa época en su relato Run Sheep Run, cuyos protagonistas eran los mismos Bowles durante su período mexicano. Allí describió, algo que, en realidad, había ocurrido en Taxco, a fines del verano de 1940. Aunque la novella de Sager se sitúa en el pueblo de San Pedro, en la isla caribeña de Nunca Nunca. Los protagonistas son tres viajeros: el matrimonio formado por Andrew y Gillian —Gill— Greenfeather y su compañero de viaje, Kevin. Gill es pintora y Andrew escritor. Gill había pedido a Kevin que les acompañara en sus viajes por que les aterraba estar sola con Andrew.

Este viaje de Paul y Jane a Tanger era distinto de sus anteriores visitas a México o de las aventuras de Paul en Africa del Norte poco antes de la guerra. Como el mismo lo dirá mas tarde, en Sheltering Sky, la diferencia entre el turista y el viajero es que uno limita su itinerario preconcebidamente, mientras que el otro no conoce el fin de su jornada. El viaje interminable de Paul Bowles —como el de Malcom Lowry— era en realidad un exilio voluntario de Occidente.
En algún momento, después de la guerra, Paul había llegado a un punto límite en su vida. Como el gustaba repetirlo una y otra vez, parafraseando a Kafka: "A partir de cierto punto ya no hay retorno posible". Estaba, en cierta medida, satisfecho de haber llegado a ese punto mas allá del cual seguiría, por primera vez, el rastro de su verdadera identidad. Ese rastro se perdía en un sueño por las callejuelas de Tánger:

"No eliges sigues un rastro. Si te paras a elegir, pierdes el rastro y entonces estás perdido. Sólo se puede confiar en lo inconciente. ¿Con qué otra cosa tienes contacto, excepto con la idea de la propia identidad?".

A bordo del Ferncape, Paul trabaja en un extraño relato: "Pages from Cold Point". La historia comienza así:

"Nuestra civilización está destinada a una vida breve; sus partes integrantes son demasiado heterogéneas. Personalmente, me complace ver que todo está en proceso de decadencia. Cuanto mas grandes sean las bombas, más rápidamente acabará todo... la vida es demasiado espantosa para intentar preservarla. Me dá igual. Tal vez algún día surja otra forma de vida.
De todas maneras, todo esto no tiene importancia; sin embargo, como sigo siendo parte de la vida existente, debo protegerme en la medida de lo posible".

De esta forma, un tanto intempestiva, Norton —el protagonista—, hace una declaración de principios acerca de su exilio voluntario en la pequeña isla de Cold Point. Para no ser menos explícito, Paul llama a la esposa de Norton —que acaba de morir dejándole una cuantiosa herencia—, "Hope" y a su hijo de diecisiete años, “Racky”.
Detrás de su apariencia deportiva e inocente, Racky esconde una naturaleza perversa. Muy pronto Norton se entera de que su hijo seduce a los hombres del pueblo cercano y que también se acuesta con el sirviente negro —a quien chantajea para que se someta a sus deseos—. Confundido por la inexplicable sensación de que todo esto es insólito y a la vez previsible, Norton sólo vé en los acontecimientos que se suceden desde la llegada a Cold Point la repetición de un patrón —a pattern.

Una noche, Norton vuelve a su cuarto después de una larga caminata por la playa, hace calor y se siente un tanto confundido por algo que no alcanza a comprender. No es sólo la homosexualidad de su hijo la que lo perturba, sino la forma en que esta se manifiesta —y la sensación de que el joven se ha transformado en un extraño para él—. Al entrar en su habitación, descubre a un costado de la cama, entre las sombras, el cuerpo desnudo de Racky:

"Me quedé allí parado mirándolo por un largo rato, conteniendo el aliento, a tal punto que recuerdo haberme sentido un tanto mareado por un momento. En voz baja, mientras seguía las curvas de sus brazos, sus hombros, su espalda, sus muslos y sus piernas, me dije a mí mismo: 'Es un chico. Un chico'.
El destino, cuando uno lo percibe desde muy cerca, no tiene ninguna cualidad en absoluto. Su reconocimiento y la conciencia de la claridad de la visión no dejan ningún lugar en el horizonte de la mente ... apagué la luz y me acosté suavemente. La noche era absolutamente negra.
Se quedó allí, quieto, hasta el amanecer. Nunca sabré si estuvo dormido todo el tiempo. Es evidente que no puede haberlo estado y, sin embargo, se quedó tan quieto. Tibio, firme, inmóvil como la muerte. La oscuridad y el silencio pesaban sobre nosotros. Cuando los pájaros empezaron a cantar me hundí en una suave y envolvente somnolencia. Al despertarme mas tarde, cuando salió el sol, se había ido".

La relación de Norton con su hijo está anclada en un incesto previo; un recuerdo borroso que flota desde el principio del relato. Racky le recuerda a su hermano, en la adolescencia. Todo lo que ha ocurrido queda envuelto en el misterio de la repetición: la homosexualidad, el incesto, la ruina de Occidente y las identidades que se confunden. Cold Point inaugura el acceso al destino como recuerdo/repetición y el viaje —la escritura del viaje—, no hacen más que poner en contacto los polos de este mecanismo. De esa extraña cohabitación nacerá Sheltering Sky.


Run Sheep Run

"Lastima que al partir uno tenga que llevarse".
Adolfo Bioy Casares.

En 1950 Paul le escribió una carta a Peggy Glanville Hicks; en ella expresaba sus terribles conflictos y su deseo de huir de sí mismo hasta el punto del anonadamiento: "En el fondo estoy esperando escapar a algún otro sitio. No sé bien a dónde... Si trabajo no pienso en ello y el deseo de escapar es menor, por lo que el trabajo es muy terapéutico. Pero cuando crees que la única razón para trabajar es olvidarte de la propia vida, sientes, a veces, la tentación de considerar al trabajo como algo absurdo; similar a las pastillas para la digestión. Tendría que haber algo que estuviera a mitad de camino. ¿Qué es?
Eso es lo que todos quisiéramos saber... Supongo que el problema es que pensamos en la vida en vez de vivirla.
De vez en cuando estableces contacto un instante, cuando el viento te dá en la cara, cuando la luna se asoma detrás de una nube o una ola rompe en las rocas de una forma especial que sería imposible de reconocer o determinar. Y te sorprendes, conciente del contacto. Entonces lo pierdes.
Por eso siempre tengo el deseo de perder el conocimiento. Sin embargo en el sueño es todo igual: te rodea siempre la misma jaula".

Después de tres años en Africa, Paul volvía a encontrarse con el círculo vicioso del viaje, el trabajo y la jaula del sueño. Todo esto lo había expresado de manera increíblemente lúcida en su primera novela, escrita poco después de llegar a Marruecos. Durante su recorrido de estos años, Paul se interna en el Sahara y toma notas para un relato que guarda una extraña relación con el cuento que Gordon Sager escribiera a bordo del "Ferncape": Run Sheep Run.
Años mas tarde, refiriéndose a Sheltering Sky, Paul dirá en otra carta a Peggy Glanville Hicks: "Mi novela es solo una novela como cualquier otra; un triángulo situado en el Sahara". Pues bien, Run Sheep Run narraba la propia experiencia del triángulo vivido por los Bowles durante su viaje a México.
Cuando Paul decidió partir, poco después de iniciada la IIa Guerra Mundial, Jane puso como condición para acompañarlo la presencia de un amigo común: Robert Boo Faulkner. Las razones para esta condición son varias: las dificultades de Jane para convivir con Paul, su homosexualidad y su histerismo y quizás también, una historia de violencia sexual que le hacía temer la intimidad con su esposo.

Según Millicent Dillon: "Jane quería ir a México, pero no quería estar sola con Paul. Ya le había dicho que la deprimía mucho su pesimismo y su tristeza. Lo llamaba en broma 'pesimista', pero le confesó que en realidad también le asustaba la idea de pasar mucho tiempo con él, lejos de New York. No podía liberarse de la sensación de desesperación que él le producía; sobre todo cuando hacía discursos sobre el inminente final de la civilización moderna. Por eso, cuando Paul le dijo que irían a México, Jane acudió a Robert Boo Faulkner y le preguntó si quería acompañarles".

Finalmente, el trío de New York alquiló una hacienda en Jalapa, a unos setenta kilómetros de Toluca. En su autobigrafía, Paul dice que la hacienda era un tanto melancólica y siniestra: "Se trata de un lugar enorme con muchas habitaciones alrededor de un gran patio. Las cimas de las montañas se veían por todas partes y se percibía con todos sus detalles el volcán de Toluca al otro lado de un amplio valle.
Yo solía sentarme en una habitación vacía de arriba y contemplarlo; la inmensidad del paisaje me producía un efecto paralizante. Era un lugar melancólico y el hecho de que fuera tan hermoso hacía la melancolía mas perniciosa y corrosiva".

Al poco tiempo de estar en Jalapa, Paul no podía alimentarse y la sola visión de la comida le producía vómitos. Mas tarde, Boo se fue a San Miguel Allende y los Bowles se quedaron con Rosamond Reille en Acapulco. Según ella, "tanto Paul como Jane eran vulnerables e hipersensibles, les daban miedo los indios y los insectos; temían que los asesinaran. Les asustaba, por ejemplo, el canto de un gallo en medio de la noche y durante el día creían que la gente de la plaza los miraba de un modo extraño, pensaban que estaban conspirando contra ellos".

Hay muchas escenas de Sheltering Sky que tienen relación con las vivencias de los Bowles durante su estancia en México en los años 40's. Como sabemos por la corespondencia y los datos biográficos de que disponemos actualmente, la novela tuvo un fuerte impacto sobre Jane quien estaba completamente identificada con el personaje de Kit Moresby.
La fobia de Jane a los trenes y, especialmente, a los túneles. Sus fantasías de violación, su mentalidad cabalística y su temor a la locura. La frialdad de los Moresby —quienes al igual que los Bowles habían interrumpido sus relaciones sexuales—. El pesimismo de Paul y su humor siniestro que desagradaba profundamente a Jane, amante de la vida social, de la bebida y de los juegos. Y, por último, los estados valetudinarios de Paul, en los que mas de una vez Jane había debido actuar como enfermera.
No obstante las similitudes entre la vida real de los Bowles y la idílica tragedia de los Moresby, Paul afirmaba que sólo se trataba de una pura ficción:

"La imaginación (es decir la memoria) aportaba la estructura y el carácter del paisaje. Yo reforzaba cada una de las escenas con los detalles tomados de la vida durante el día de escritura, sin pensar si la juxtaposición resultante era o no apropiada. Nunca sabía lo que iba a escribir al día siguiente porque aún no lo había vivido".

La novela contenía una terrible profecía: la locura de Kit Moresby. Durante los años posteriores ambos volverían una y otra vez a la frase de Kafka que figura en el comienzo de la tercera parte: "A partir de cierto punto ya no hay retorno posible. Este es el punto al que hay que llegar". Jane, para constatar la terrible premonición de Paul, y Paul, para reafirmar su fatalismo, que contribuiría en buena parte al desenlace fatal.

Bowles volvió a mencionar esta frase en el prólogo de Let it come down y, aparentemente, era una expresión recurrente en sus conversaciones íntimas. Cuando él pretendía quitarle cualquier valor premonitorio a la idea, Jane le respondía: "si no lo creías, entonces ¿por qué la usaste?"
Como sabrán quienes han leído la novela, la frase presagia la locura final de Kit y guarda relación con su último telegrama: "Imposible volver". Al parecer, la relación entre la ficción y la realidad daba vueltas en la cabeza de Jane, obsesionada con sus propias fobias.
Años mas tarde, la profecía que ella creyó percibir en Sheltering Sky se convirtió en una terrible tragedia. A fines del verano de 1954, Jane le dijo a Paul que había encontrado en su casa de Tánger unos paquetes del llamado "tseuheur" debajo de la almohada y del colchón. Las mujeres marroquíes utilizan "tseuheur" para realizar encantamientos; lo fabrican con una mezcla de antimonio, vello púbico y sangre menstrual.
Cuando Paul le contó a su amigo Ahmed Jacoubi que la amante de Jane, Cherifa, había dejado esos extraños paquetes en la casa, él respondió que se trataba de una bruja y que tenía que deshacerse de ella. Pero Jane estaba apegada a Cherifa —y a Tetun — de una manera enfermiza. Ellas la dominaban por completo y esperaban que muriera para quedarse con su casa. La misma Jane había hecho un testamento en favor de Cherifa —a pesar de las advertencias de sus amigos—. También es posible que, como en el caso de Kit Moresby, una extraña bebida —¿a base de Datura?— haya sido la causa de su enfermedad nerviosa y su progresivo enloquecimiento.
Lo cierto es que en 1957, durante el mes de Ramadán, Jane tuvo una terrible discusión con Cherifa durante la que acabaron arrojándose trastos de cocina y sobras de comida. Al día siguiente, el cinco de abril, Jane sufrió un espasmo cerebral que le provocó una seria disminución de sus capacidades intelectuales e inició el lento proceso hacia una esquizofrenia de etiología neurólogica.
Tetsamany, el chofer de Paul, afirmaba que Cherifa le daba algo a Jane para que ella estuviera tan enamorada. El envenenamiento con Datura no es raro en el Norte de Africa y hasta los últimos días Jane estuvo convencida de que su locura se debía a un envenenamiento mágico.
En su libro Ritual and Belief in Morocco, el antropólogo Edward Westernmarck hace una descripción detallada de estos hechizos y afirma que las mujeres son especialmente temidas como portadoras de "una fuerza mágica maligna".


Triángulo en el Sáhara

"Mi novela es sólo una novela como cualquier otra; un triángulo situado en el Sáhara".
Paul Bowles. Correspondencia con Peggy Glanville Hicks.

Desde el comienzo Sheltering Sky desmiente la simpleza de la afirmación del autor. Tal como lo sugiere la cita de Mallea y los textos que delimitan la escritura del viaje, el supuesto distanciamiento de Paul hace sospechar una cierta autocensura. El uso de la tercera persona y la aguda descripción de los estados psicológicos de su alter ego —Port Moresby— parecen corresponder a la misma tonalidad de alma exhibida en Cold Point. Tristeza y beance son síntomas inequívocos del desesperado intento por recuperar una identidad que se desvanece:

"Se despertó, abrió los ojos. La habitación le decía poco; había estado demasiado sumergido en la nada, de la que acababa de emerger. No tenía fuerzas para definir su situación en el tiempo y en el espacio; tampoco lo deseaba. Estaba en algún lugar, para regresar de la nada había atravesado vastas regiones. En el centro de su conciencia tenía la certidumbre de una infinita tristeza, pero esa tristeza lo reconfortaba porque era lo único que le resultaba familiar. No necesitaba otro consuelo".

Se trata mas bien de un recuerdo imposible de describir, los fragmentos de un viaje hacia la nada que acecha en los repliegues polvorientos de la mente. Sí, es todo eso y mucho más, la fisiología del nihilista, hundido en su pensamiento; en la sustancia de lo inasible. ¿Debilidad, spleen o destino? El destino de un recuerdo que agoniza en el cuerpo debilitándolo, atrayéndolo paulatinamente hacia su centro: la infinita tristeza.

En la habitación contigua, la mujer taconea sobre el ajedrez de las baldosas y, mas allá, un amigo "atractivo como los galanes de la Paramount", camina por la misma trama. En su novela lo había llamado "a pattern", un patrón, un dibujo que se repite en la trama. Todo esto ya ha ocurrido en un lugar y volverá a ocurrir. El destino no es más que nuestro propio recuerdo que se actualiza.

El matrimonio Moresby, una típica pareja wasp, acaba de desembarcar en Tánger para escapar al aburrimiento de New York. Hace muchos años que están casados. Incapacitados para el amor por su frialdad congénita y por una escrupulosa manera de practicar los ritos matrimoniales de sus ancestros, Katherine y Porter —Kit & Port—, han traído consigo a un amigo, Tunner, quien los ayudará a sobrellevar su intimidad sin mayores contratiempos. Los tres están unidos por una fantasía común, visitar la Arabia exótica y turbulenta, llegar hasta el Sáhara y olvidar el mal gusto que supone la euforia de postguerra.

Sentados en el café d'Eckmül Noiseaux, mientras hacen sus primeras armas en el falso Pernaud, la radio chillona proyecta los gritos histéricos de una soprano coloratura. Port lleva años viajando y establece una diferencia frente sus compañeros, los turistas, que sólo aspiran a regresar pronto a sus casas con unos cuantos souvenirs, y el viajero que no pone límite a su viaje; que no ansía volver, sino seguir mas allá, explorando lo desconocido en una jornada interminable.

Para Port se trata del desierto, ansía llegar al Sáhara y hundirse en el vacío de las grandes dunas, en la inmensidad de un cielo que no ha sido corrompido por la industrialización. Esta es la otra gran diferencia entre el viajero y el turista, el primero no acepta su cultura de origen y procura apartarse de ella el mayor tiempo posible. El viaje es la forma de abolir el mandato de la civilización y cambiarlo por el culto del movimiento, de la experiencia pura. La civilización del viajero es la acción.

Kitt, poco dispuesta a las grandes aventuras; fóbica, temerosa de los trenes, de los túneles y los insectos, hubiera preferido irse de vacaciones a Italia. Tunner, que no soporta la mala comida, los vinos baratos y las incomodidades, la seguiría de buena gana con tal de echarle el guante pero, es Port quien ha impuesto su liderazgo: los tres amigos partirán al día siguiente rumbo a Sudán para conocer las magníficas arenas del Sáhara.

Por la noche, Port se aventura a caminar por la Casbah. Un árabe insidioso lo persigue por las callejuelas que se bifurcan como un dédalo, subiendo y bajando hasta llegar a los confines de la ciudad, frente a un gran descampado, detrás del cual se alza la antigua fortaleza turca.
Port no tiene mas remedio que aceptar la invitación del árabe —un tanto perdido en el laberinto de la Casbah prefiere acceder a las presiones de su forzado anfitrión—; él le promete que le presentará a una muchacha maravillosa, recién llegada de su ouled; no se trata de una prostituta corriente sino de una compañía muy especial.
Al llegar al límite de la ciudad, desde donde se divisan las carpas y la antigua fortaleza, hay que bajar un foso profundo, unido a la planicie por una escala de metal. Port vacila un instante, hasta que, finalmente, decide correr el riesgo. El descenso a la planicie es su primera incursión en el extraño mundo del desierto.

Una vez en la carpa con Marhnia —así se llama la muchacha— ella le cuenta una historia profética: la de las tres bailarinas que querían tomar té en el Sáhara:

"—Quiere saber si conoces el cuento de Outka, Mimouna y Aicha -dijo Smail.
—No —respondió Port.
—Goul lou, goul lou — dijo Marhnia a Smail, apremiándolo...
—Cerca del bled de Marhnia hay tres muchachas de la montaña que se llaman Outka, Mimouna y Aicha —Marhnia asentía lentamente, sus ojos grandes y suaves estaban fijos en Port—. Salen a buscar fortuna en el M'Zab. La mayoría de las muchachas van a Argel o a Túnez, o vienen aquí para ganar dinero. Pero estas quieren algo sobre todas las cosas. Quieren tomar té en el Sáhara —Marhnia continuaba asintiendo; seguía el relato gracias a los nombres de los lugares que pronunciaba Smail...
...En el M'Zab todos los hombres son feos. Las muchachas bailan en los cafés de Ghardaia, pero están siempre tristes, siguen pensando en tomar té en el Sáhara...
...Pasan muchos meses en el M'Zab y ellas siguen tristes, muy tristes, porque todos los hombres son tan feos. Muy feos, como cerdos... (pero) ...un día llega un Targui alto y guapo, montando un hermoso mehari; habla con Outka, Mimouna y Aicha, les cuenta cosas del desierto... Después les dice: 'Bailad para mí' y ellas bailan. Entonces hace el amor con las tres y les dá una moneda de plata (a cada una)... Al amanecer monta su mehari y parte hacia el sur. Desde entonces las muchachas están muy tristes, los hombres del M'Zab les parecen mas feos que nunca y solo piensan en el Targui alto que vive en el Sáhara...
...'Un día —dicen— acabaremos así, siempre tristes, sin haber tomado nunca té en el Sáhara. Tenemos que ir como sea, aún sin dinero'.
Reúnen todo lo que poseen, incluídas las monedas de plata, compran una tetera, una bandeja y tres vasos y toman billetes de autobús hasta El Goléa. Al llegar les queda muy poco dinero y se lo dan todo a un bachhamar que va con su caravana al sur, al Sáhara... Una tarde cuando está por ponerse el sol, llegan a las altas dunas y piensan: 'Ah! ahora estamos en el Sáhara; vamos a preparar el té'. La luna se levanta, todos los hombres duermen, salvo el guardián que, sentado junto a los camellos, toca la flauta.
Outka, Mimouna y Aicha se alejan silenciosamente de la caravana con la bandeja, la tetera y los vasos. Buscan la duna mas alta para contemplar desde allí todo el Sáhara. Después preparan el té. Caminan largo rato. Outka dice: 'Veo una duna mas alta' y trepan hasta la cima. Entonces Mimouna dice: 'Allá veo otra'. Es mucho mas alta y desde allí podemos ver hasta In Salah '. Van y es mucho mas alta. Pero al llegar a la cima, Aicha dice: 'Mirad aquella es la mas alta de todas, veremos hasta Taman rasset. Allí es donde vive el Targui '. Salió el sol y siguierno andando. A medio día tenian mucho calor. Pero alcanzaron la duna y treparon y treparon.
Cuando llegaron a lo alto estaban muy cansadas y dijeron: 'Descansaremos un rato y después prepararemos el té'. Pero primero dispusieron la bandeja, la tetera y los vasos. Después se tendieron a dormir...
...muchos días después pasó una caravana; uno de los hombres vió algo arriba, sobre la duna mas alta. Cuando llegaron encontraron a Outka, Mimouna y Aicha... yacían en la misma posición en que se habían dormido. Y los tres vasos estaban llenos de arena. Así fue como tomaron té en el Sáhara".

Al terminar la historia Smail se retira dejando a Port solo con Mahrnia, se acuestan y se abrazan en la oscuridad de la carpa, pero al rato, Port descubre que ella trata de robarle la billetera. Cuando pretende escapar, los hombres del campamento comienzan a perseguirlo, a duras penas logra llegar hasta la escala de metal y jadeando, aterrorizado, rehace el camino de vuelta al hotel.
Allí se encuentra con los primeros signos del flirteo entre Kit y Tunner. Al principio se enoja y monta una escena de celos, pero después termina por sugerir a Kit que se marche en tren a Boussiff con Tunner mientras el viaja con los Lyle —una extraña pareja de ingleses— en su Mercedes blanco. Port ha creado todas las condiciones para un affaire entre Kit y Tunner.
Al llegar a Boussiff descubre que algo ha pasado entre ellos; es como si la ingerencia del tercero fuera la única forma de reavivar su interés por Kit.

Durante un maravilloso atardecer, la lleva a contemplar el cielo desde las montañas que rodean el pueblo. Ante el valle, donde se abre un inmenso espacio, Kit siente un estremecimiento; el vacío la angustia.
Se repiten sus sensaciones de la víspera: un presagio siniestro, que pende sobre su viaje, la terrible certeza de que algo inexplicable y doloroso va a ocurrirles.

"Lugares como estos, momentos como estos, eran los que Port mas amaba en la vida; Kit lo sabía y sabía también que los amaba mas si ella estaba allí para compartirlos. Y aunque tenía conciencia de que los verdaderos silencios y los espacios vacíos que conmovían el alma de Port la aterraban, él no podía soportar que se lo recordaran. Era como si tuviera la esperanza siempre renovada de que sería sensible como él a la soledad y a la cercanía de las cosas infinitas.

Junto a ellos, un viejo muecín reza con los ojos cerrados, inmóvil como una estatua de piedra. Como en otras oportunidades en las que están solos, Kit espera pasivamente una caricia, un gesto de reconciliación; un indicio de que él todavía la desea. Port sólo quiere compartir sus visiones con ella, es su interlocutora pero, hace mucho tiempo que ha dejado de ser su amante.
Sabes —dijo Port— y su voz sonó irreal, como siempre ocurre después de una larga pausa en un lugar perfectamente silencioso; el cielo es muy extraño en este lugar. A veces, cuando lo miro, tengo la sensación de que hay algo sólido allá arriba que nos protege de lo que está detrás.
Kit se estremeció ligeramente. —¿De lo que hay detrás?
—Sí.
—Pero, ¿qué hay detrás? —preguntó Kit con un hilo de voz.
—Nada... supongo... sólo oscuridad; la noche absoluta".

Los comentarios siniestros de Port no hacían mas que hundir a Kit en la terrible trama de sus presagios: "Solía decirse a sí misma 'Los otros gobiernan mi vida', y era cierto. Pero lo permitía porque su imaginación supersticiosa los había dotado de importancia mágica para su destino y no porque sus personalidades despertaran en ella una simpatía o una comprensión profunda.

Los pensamientos de Port tenían el primer rango en esa escala de influencias negativas, ella los relativizaba y aparentaba una actitud falsamente racional, casi frívola, para defenderse de su nihilismo. Pero secretamente temía que aquellas visiones oscuras fueran demasiado acertadas y vivía escudriñando cada detalle de su vida cotidiana en busca de los signos que le advirtieran de una futura catástrofe. Como era una mujer, sólo le interesaban las consecuencias prácticas de todo aquello: un posible accidente, un robo, una enfermedad ... dedicaba gran parte de su vida a establecer categorías de presagios. Y por eso, no es de sorprender que cuando le era imposible ejercer esa función clasificadora, su capacidad para hacer frente a las exigencias de la vida se reducía al mínimo. Era como si la acometiera una extraña parálisis. No tenía reacciones, perdía la personalidad, su mirada parecía perdida en una obsesión".

De esta manera el matrimonio Moresby vivía amenazado por la beance. Para Port esta condición adquiere un sesgo metafísico; atormentado por las visiones de una leere nacht demasiado familiar, demasiado próxima y que por momentos lo invadía transformándose en un estado corporal. La enfermedad de Port consistía en no poder soportar las consecuencias fisiológicas de su pensamiento.
Para Kit, en cambio, se trataba del temor a "un Dios vengativo y cruel", siempre dispuesto a tenderle una trampa detrás de cada pequeño acto fallido, de cada nimiedad inclasificable dentro de una trama que se perdía entre los millones de signos de la vida cotidiana. El esfuerzo obsesivo de Kit por ordenar estos signos era un atavismo cabalístico librado a sus propias fuerzas mentales, siempre insuficientes para comprender y siempre abiertas a las influencias de los otros.
Su relación con Port, el dios oscuro que giraba en el centro de su sistema de presagios, le provocaba una permanente frustración, un mal humor nervioso que desembocaba en la histeria.
Con una crueldad inexplicable, Port disfrutaba de sus debilidades haciéndola el blanco privilegiado de sus comentarios pesimistas.

"—Cuando yo era joven... —dijo Port.
—¿Qué tan joven?
—Antes de los veinte, quiero decir ... creía que la vida se aceleraba, que sería cada vez mas rica y mas intensa. Uno aprendería más, sería cada vez más sabio, más inteligente, se acercaría más a la verdad...
Bruscamente, Port se hechó a reír.
—¿Y no es así, verdad? Es como fumar un cigarrillo. Las primeras bocanadas son maravillosas, ni se te ocurre que se va a consumir. Empiezas a olvidarlo. De pronto, te das cuenta que se ha quemado casi hasta la punta. Y entonces es cuando tienes conciencia de su sabor amargo.
—Pero yo —respondió Kit—, siempre tengo conciencia del sabor desagradable y de que el fin se acerca.
—Entonces deberías dejar de fumar.
—¡Qué malo eres! —exclamó Kit.
—No soy malo... O supongo que vivir es un hábito, como el de fumar. Dices que vas a dejarlo, pero continúas.
—Que yo sepa, tú ni siquiera amenazas con dejarlo. Dijo ella acusadora.
—¿Por qué? Yo quiero seguir.
—Pero te quejas tanto, casi todo el tiempo.
—No me quejo de la vida solamemte de los humanos.
—Son cosas que no se pueden separar.
—Sí que se puede. Sólo hay que hacer un pequeño esfuerzo.
¡Esfuerzo! ¡Esfuerzo! ¿Por qué nadie lo hace? Me imagino un mundo totalmente diferente. Sólo se trata de unos pocos acentos mal puestos.
—Hace años que escucho esto —dijo Kit— ...¿Oyes?

Afuera, en algún lugar, no muy lejos, quizás en la plaza del mercado, una orquesta de tambores iba recogiendo los cabos sueltos de la fuerza rítmica hasta formar un poderoso trazado compacto que daba vueltas, una rueda aún imperfecta de sonidos que rodaba pesadamente hacia la noche".


Ya no humano

"El hombre que piensa no es humano, el cielo tampoco ...".
Bohumil Hrabal. Una soledad demasiado ruidosa.

Port, como Norton en Pages from a Cold Point, quiere separar la vida de la humanidad. Sus visiones de un cielo, cuya fina trama apenas protege de la profunda oscuridad, de la nada que acecha en lo infinito; le permiten pensar que este mundo no es mas que una obra inconclusa.
Para un novelista —"of sorts"— se trata de corregirlo, bastaría con poner unos pocos acentos. La terrible transgresión que esta idea implica le tiene sin cuidado; ya ha dejado de ser humano.

Durante una conversación en Boussif, a la hora de la cena, Port manifiesta su desprecio por lo que Kit llama la "humanidad":

"Europa ha destruído al mundo entero —dijo Port—. Tenemos que agradecerlo y lamentarlo. Espero que ella misma se borre del mapa —quería abreviar la discusión—, llevarse a Kit aparte y hablar con ella a solas. Sus largas, erráticas, personalísimas conversaciones le hacían sentirse mejor. Pero, justamente, Kit esperaba evitar el téte a téte.
—Ya que estás en esas, ¿por qué no extiendes todos tus buenos deseos a la humanidad entera? —preguntó Kit.
—¿La humanidad?—exclamó Port—. ¿Qué es eso? Te lo diré. La humanidad son todos excepto yo mismo. Y si es así ¿que interés puede tener para mí?

Tunner habló, dijo lentamente:
—Un minuto, un minuto. Me gustaría discutir este punto contigo. Yo diría que la humanidad eres tú y que es eso, justamente, lo que la hace interesante.
Port estaba irritado.
—Qué tontería —replicó secamente—. Tú no eres nunca la humanidad, tú sólo eres tu yo desesperadamente aislado.

Kit trató de interrumpirlo. El levantó la voz y continuó:
—No necesito justificar mi existencia por medios tan primarios. El solo hecho de respirar ya me justifica. Si la humanidad no lo considera una justificación, puede hacer lo que le plazca conmigo. ¡No voy a andar con un pasaporte de existencia encima para probar que tengo derecho de estar aquí! ¡Aquí estoy! ¡Estoy en el mundo! Pero mi mundo no es el mundo de la humanidad. Es el mundo como yo lo veo".


Una estética de la melancolía


"El deseo de acceder a las ruinas del tiempo, de reconciliarse con la depredación del tiempo; de convertirse en ruina".
Susan Sontag. Fragmentos para una estética de la melancolía.

Después de liberarse de Tunner —enviándolo a Messad con los Lyle—, Port acaricia la idea de un reencuentro con Kit. Pero su deseo de amor está teñido de una profunda melancolía. Sin saberlo se hunde en las ruinas del tiempo. El paisaje de los miserables villorios árabes en los que se interna en pos del mítico Sáhara, son el escenario de esa pasión por todo lo que hay de decadente y mortuorio en el ocaso de la civilización musulmana.
Como en el síndrome del weltshmerz romántico, el hastío del mundo occidental; de su insípida y frívola decadencia, encuentra un consuelo en el exotismo de las antiguas costumbres paganas y en la belleza terrible de las noches árabes. El rechazo de Port Moresby por la "humanidad" es, en el fondo, una repugnancia por Occidente. Los árabes, víctimas de la industrialización y del colonialismo, son para Port esa otra vida salvaje y transgresora con la que sueña.
Cuando llegan a Aïn Krorfa: un pueblo miserable cubierto de moscas, donde los perros —rosados por la sarna— se arrastran por las calles bajo el calor sofocante, buscan hospedaje en un hotelucho maloliente. Allí Port le pregunta a su esposa:

"¿Crees que podrías ser feliz aquí?...
Kit se sobresaltó.
—¿Feliz? ¿Feliz? ¿Qué quieres decir?
—¿Crees que te gustaría?
—No sé —contestó Kit con un dejo de fastidio—. ¿Como podría decirlo? Es imposible penetrar en la vida de estas gentes y saber qué piensan realmente.
—No es eso lo que te pregunto —replicó Port con brusquedad.
—Es lo que hubieras debido. Es lo que importa aquí.
—De ningún modo. Para mí no. Siento que esta ciudad, este río, este cielo, me pertenecen tanto como a ellos.
Kit hubiera podido decir: 'pues estás loco', pero se limitó a contestar:
—Qué extraño.

La ciudad estaba muy quieta. En algún café la radio transmitía un tema de Abd-el-Wahab, una canción popular; especie de canto fúnebre titulado: Estoy llorando sobre tu tumba.
Mientras se lavaba, Port escuchó las melancólicas notas, interrumpidas de vez en cuando por los perros que ladraban en las cercanías".

El Gran Hotel en Aïn Krorfa exhibe la misma desolación:

"Construído originalmente para albergar una dependencia administrativa del gobierno colonial, el edificio estaba en decadencia. La fuente, que alguna vez había brotado en el estanque, en el centro del patio, ya no funcionaba; pero el estanque seguía existiendo. Contenía ahora un montículo de basura hedionda, en la que se apoyaban tres niños pequeños, desnudos, chillando; los suaves cuerpos informes llenos de pústulas reventadas. Parecían humanos en su miseria indefensa, pero en cierto modo no eran tan humanos como los dos perros rosados tendidos a su lado, sobre las baldosas; rosados porque hacía mucho habían perdido todo el pelo y la piel vieja y despellejada estaba expuesta a los besos de las moscas y el sol. Uno de ellos levantó débilmente la cabeza algunos centímetros del suelo y miró ausente a los recién llegados con sus pálidos ojos amarillos. Detrás de las columnas, que sostenían una galería lateral, se apilaban unos pocos muebles amorfos e inútiles. Junto al estanque central, había una enorme jarra veteada, azul y blanca. A pesar de la cantidad de basura, predominaba en el patio el olor a letrina. Por sobre el llanto de los niños se oían el chillido de las mujeres que discutían y el ruido pastoso de una radio que resonaba en el fondo.

Hay un curioso parecido entre las imágenes de Bowles y las de ese otro exilado de Occidente, Malcom Lowry. Los perros “rosados por la sarna”, nos recuerdan a esos "perros parias" que vagabundean por los pueblos en ruinas de Under the Volcano. Los jardines abandonados, las radios chillonas y las ruinas de hoteles invadidos por la maleza; la suciedad y la miseria de los niños; el hedor de las letrinas combinados con la belleza del paisaje, también hacen pensar en la patética descripción de Cuernavaca.
Finalmente, el destino de Port está entretejido con la misma profusión de signos que se enlazan en una trama fatal —cuyo desenlace es la muerte anunciada del "Cónsul", ese otro nihilista que se hunde en las ruinas del tiempo.
No sabemos si Bowles había leído Under the Volcano; es dudoso, porque la novela, concluída en 1944, recién se publicó varios años mas tarde. De todas maneras, la misma estética de la melancolía domina ambos relatos y el tema del Día de los Muertos en la obra de Lowry, tiene su contrapartida en el encuentro de Port con la bailarina ciega.

Antes de continuar hacia Bou Noura, Port sale a caminar por la noche en la densa oscuridad de Aïn Krorfa. Lo acompaña un árabe, Mohammed, quien regentea la pocilga conocida como el "Grand Hotel". Después de recorrer el villorio, entran en una especie de fiesta. Aburrido de las muchachas que Mohammed quiere presentarle, Port se asoma al patio para escuchar la música:

"Frente a los músicos sentados en mitad de una tarima, bailaba una muchacha, si es que sus movimientos podían calificarse de danza. Detrás de la cabeza, sostenía una caña y se limitaba a mover grácilmente el cuello y los hombros.
Los movimientos, graciosos y de una impudicia rayana en la comicidad, eran una traducción perfecta de la estridencia y el salvajismo de la música. Pero lo que le conmovía no era tanto la danza misma sino la expresión extrañamente desapegada, sonámbula, de la muchacha. Su sonrisa era fija y se podía añadir que su mente también, como si estuviera atenta a algún objeto tan remoto que sólo ella conociera su existencia. Había un desdén supremo e impersonal en los ojos que no miraban y en la curva plácida de los labios. Cuanto mas la miraba, mas fascinante le resultaba su cara: era una máscara de proporciones perfectas, cuya belleza provenía no tanto de la configuración de los rasgos, como del significado implícito en su expresión; un significado o la ausencia de un significado. Porque era imposible decir qué emoción había detrás de su cara. Era como si estuviese diciendo: 'Se está ejecutando una danza. Yo no danzo porque no estoy aquí. Pero es mi danza'.
Cuando concluyó, la música se detuvo al unísono. La muchacha permaneció inmóvil un momento, después bajó lentamente la caña que sostenía detrás de la cabeza y dando vagos golpes en el suelo, se volvió para hablar con uno de los músicos. Su notable expresión no había cambiado en ningún sentido. El músico se puso de pie y le hizo lugar a su lado en la tarima. A Port le pareció curiosa la forma en que la ayudó a sentarse, de pronto, comprendió que la muchacha era ciega.
La idea lo sacudió como una descarga eléctrica; el corazón le dió un salto y de pronto sintió que le ardía la cara".

Después de presenciar aquella danza macabra Port siente, una intempestiva urgencia sexual. Desesperado trata de convencer a Mohammed para que haga los arreglos pertinentes, pero el otro no puede comprender su interés por la ciega; se demora en explicaciones hasta que Port pierde la oportunidad de conseguir a la muchacha.

"... echó a andar, pateando con rabia las piedras del camino. Ahora que ella se había ido, Port estaba convencido de que no solamente le había sido negado un poco de placer, sino que había perdido el amor. Trepó la colina y se sentó en el exterior del fuerte, apoyado en las viejas murallas. Abajo se veían las pocas luces de la ciudad y mas allá, el inevitable horizonte del desierto. Imaginó que ella habría llevado las manos hasta las solapas de su chaqueta, le hubiera tanteado la cara, deslizado sus dedos sensibles por sus labios. Quizás hubiera olido la brillantina de su pelo y examinado sus ropas con cuidado. Y en la cama, sin ojos para ver mas allá, habría sido su prisionera.
Pensó en los pequeños juegos que hubiera podido jugar con ella... y, siempre en conjunción con su fantasía, veía el rostro imperturbable, ligeramente inquisitivo, con la simetría de una máscara.
Entonces tuvo un súbito estremecimiento de autocompasión; era casi agradable y expresaba tan bien su estado de ánimo. Era un estremecimiento físico. Estaba solo, abandonado, perdido, sin esperanza, con frío... un frío intenso que nada podía cambiar. Aunque esa glacial ausencia de vida era la base de su infelicidad, se aferraría siempre a ella porque era el centro mismo de su ser, en torno al cual se había construído.
Pero en ese momento, también sintió frío en el cuerpo, cosa extraña, porque acababa de trepar la colina y aún jadeaba un poco. Presa de un miedo repentino, semejante al terror de un niño cuando roza, en la oscuridad, un objeto no dentificable; se levantó de un salto y corrió por la cresta de la colina hasta llegar al sendero que bajaba a la plaza del mercado. La carrera le calmó el miedo, pero cuando se detuvo y vió, mas abajo, la hilera de luces alrededor del mercado aún sentía el frío dentro; como un trozo de metal ..."


El borde afilado de la tierra

"Me complace la idea de que, a mi alrededor, por la noche, mientras duermo; la hechicería horada sus túneles invisibles en todas direcciones, desde miles de remitentes a miles de receptores desprevenidos, se hacen conjuros y el veneno sigue su curso. De esta manera, las almas son despojadas de la pseudoconciencia parasitaria que acecha en los desprotegidos rincones de la mente ...".
Paul Bowles. Without Stopping.


Esa misma noche, por primera vez, Port sintió en sus entrañas el borde afilado de la tierra, el frío de un trozo de metal en las entrañas. El veneno ya está en su sangre, el virus, el hechizo que habrá de despojarle de su pseudoconciencia parasitaria, esa connivencia con la nada que se nutre de sus estados valetudinarios y que ahora será devuelta al cielo. No ya al cielo protector, sino a un cielo 'a secas', un cielo que ya no protege contra el embate de la muerte.
Ese borde afilado puede ser entendido como una retribución de la tierra —una suerte de Némesis—. Aquí también, como en otras narraciones, se repite el patrón del occidental castigado por incursionar en las tierras vírgenes.

Kit le había dicho que era imposible separar la vida de lo humano. Ese deseo transgresor de Port, ilustrado por la fantasía de las nupcias con la muerte, será castigado por la tierra; la que dá y toma la vida.
Port le había dicho a Kit que ellos nunca habían entrado en la vida, que siempre habían estado enganchados del lado de afuera; ella le había respondido: "si estamos afuera acabaremos siendo excluídos". En un cierto punto, ese punto de no retorno al que harán mención Paul y Jane una y otra vez, el exilio del mundo conduce a una exclusión mas radical aún. La misma que resuena en la advertencia de la señora Perry en Plain Pleasures: "Si no tienes cuidado, tu vida quedará dolorida y hambrienta a un lado del camino y llegarás sin ella a la tumba".

El encuentro con la bailarina ciega preanuncia el final del viaje. La enfermedad y las fiebres que la suceden está marcado por esa voluptuosidad morbosa que lo invade después de su experiencia en Ain Krorfa.

Más tarde, cuando Kit mientras agoniza en el pequeño cuartel de Sba, en pleno Sáhara:
"[Kit]Observa el cuerpo, inerte bajo las mantas; subiendo y bajando con cada respiración: Ya no es humano —se dijo a sí misma—.
La enfermedad reduce al hombre a su estado fundamental: una cloaca en la que continúan los procesos químicos. La hegemonía sin sentido de lo involuntario".
Port es castigado con la realización de su propio deseo, no ser humano. La enfermedad lo ha reducido a un ente: “el último tabú tendido junto a ella, indefenso y aterrador mas allá de todo razonamiento”.

El hombre, atado a su propia condición como a su propio cadalso, no puede eludirla; vida, humanidad, tierra, elementos de una ecuación ineluctable: "el hombre sólo puede cambiar su destino por otro peor" dice Baudelaire. Port ha querido abandonar su identidad, su civilización y aún su condición de hombre, en haras de un territorio que visita en sus estados valetudinarios, una nada que se confunde con su propia bèance.
Bajo el cielo de sus sueños se abre el borde afilado de la tierra. Cuando ya está a punto de tragárselo, en los estertores de su agonía, es cuando el viajero redobla sus esfuerzos; lejos de entregarse, descubre en la enfermedad el vehículo último para perpetrar su deseo: traspasar la fina trama del cielo protector.


El viaje hacia la nada

"Su grito atravesó la imagen final: las manchas de sangre fresca y brillante en la tierra. Sangre y excrementos. El momento supremo, arriba, dominando el desierto; cuando los dos elementos, largo tiempo separados se funden y en la claridad del cielo nocturno aparece una estrella negra, un punto de sombra.
Punto de sombra y puerta del reposo. Vé mas lejos, traspasa la fina trama del cielo protector, descansa".
Paul Bowles. The Sheltering Sky.


La enfermedad, que se insinúa después de su encuentro con la bailarina ciega, se vuelve ya una terrible certeza en Bou Noura, donde Port descubre que le han robado su pasaporte. La pérdida de la identidad, la culpable voluptuosidad mórbida y la peste concurren para formular el desenlace del viaje.
En realidad el extravío de sus documentos ha ocurrido en Aïn Krorfa la misma noche de su infatuación con la bailarina ciega. Al día siguiente el teniente Armagnac —a quien acude en busca de auxilio—, bromea, diciéndole que después de una breve investigación recuperará su identidad. Con este lapsus que se repite, la nada que lo asedia desde la partida se hace dueña del camino.
Un perro devora los restos del feto que su madre ha abandonado, la madre muere picada por un escorpión en la cárcel; todas estas historias circulan en Bou Noura y los árabes miran a los extranjeros con sus ojos duros como cuencas de vidrio negro, sus rostros son máscaras talladas por el desierto. No hay nada que hacer allí, los viajeros parten a El Ga'a, la perla de Sudán; cuyos mercados ofrecen exquisitos marfiles, pieles de leopardo y ópalos como huevos de avestruz. Durante el viaje Port pierde la conciencia; su identidad se disuelve en la marea inmóvil del desierto.

Al llegar a El Ga'a Port colapsa. Kit busca un hotel y se pierde en un laberinto de calles y túneles de barro junto a su guía árabe, que repite en sus oídos una palabra incomprensible: ¡Fonduk!; ¡Fonduk!
La expresión, que resuena como un epitafio indescifrable en las callejuelas de la ciudad apestada, es la última señal de este mundo extraño. Es allí, en la guarnición francesa, el último puesto militar que se pierde en el Sahara, donde Port encontrará su muerte anunciada.
Al borde de la locura, desesperada, Kit llega a una pensión miserable, pero la dueña le comunica que no puede hospedarla, están en cuarentena. En El Ga'a se ha declarado una epidemia de meningitis.
¡Fonduk!; ¡Fonduk!, repite el árabe y la arrastra por el dédalo de callejuelas. Finalmente Kit consigue un camión y se interna en el Sáhara. Se detienen en el villorio de Sba, donde hay una pequeña guarnición francesa, allí, en el último vestigio de la civilización espera conseguir ayuda.
El jefe de la guarnición supone que se trata de una tifoidea; Port agoniza y Kit pasa varios días junto a él, en un cuarto de la guarnición que más bien parece una celda. Pero su desesperación pronto cede paso a una sensación extraña, mezcla de náusea y desprecio:

"Durante un rato, Kit observó el cuerpo inerte bajo las mantas; subía y bajaba lentamente con cada respiración rápida. Ha dejado de ser humano, se dijo a sí misma. La enfermedad reduce al hombre a su estado fundamental: una cloaca en la que continúan los procesos químicos elementales. La hegemonía sin sentido de lo involuntario.
Era el último tabú tendido junto a ella, indefenso y aterrador mas allá de todo razonamiento. Sofocó una náusea que pugnaba por salir. Después se quedó inmóvil un buen rato, sintiéndose culpable y pensando: ‘Si no tengo un sentimiento de deber hacia él, por lo menos puedo actuar como si lo tuviera’.
La terrible hipocresía de su relación se hace evidente cuando Port —delirando por la fiebre—, le confiesa que tiene miedo y que todos estos años ha estado viviendo para ella. Kit jamás podrá creerle: ‘Dice que es mas que tener simplemente miedo. Pero no es verdad. Nunca ha vivido para mí. Nunca, nunca’."

Su vida en el cuarto de la pequeña fortaleza se vuelve un "exilio lejos del mundo", rodeado por el silencio del desierto. Algunas veces, Port despierta de su sopor para comunicarle la extraña experiencia de su enfermedad; cada vez que habla es como si volviera de un territorio que sólo él conoce: "he estado tratando de volver", le dice, "cuando estoy allá no puedo recordar que estuve aquí; simplemente tengo miedo. Pero aquí no puedo recordar que estuve allá. Quisiera no recordarlo. Es atroz ser dos cosas a la vez".
Durante algunos momentos Port se sacude entre los harapos que le sirven de cama, solamente dice: "No, no, no, no... sólo tenía fuerzas para decir eso. Pero aunque hubiera sido capaz de decir algo más, sólo hubiera dicho: No, no, no,no...".

Por las noches Kit se asoma a la terraza del fuerte, una gran superficie de barro sobre una duna que había sido sedimentada para sostener a la pequeña guarnición francesa, el último vestigio de Occidente que se erguía desafiando inútilmente el desierto, inmenso como un océano de arena.

"...respiró profundamente, le parecía estar a bordo de un barco. Abajo, la ciudad resultaba invisible, no había luces, pero hacia el norte brillaba el blanco del ereg, el vasto océano de arena con el torbellino de sus crestas congeladas, su inmutable silencio. Giró lentamente sobre sí misma, escrutando el horizonte. El aire, doblemente quieto ahora que el viento había cesado, estaba como paralizado. Dondequiera que mirara, el paisaje nocturno le sugería una sola cosa: la negación del movimiento, la suspensión de la continuidad. Pero mientras estaba allí, momentáneamente integrada al vacío que había creado, una duda se insinuó poco a poco en su espíritu, la sensación, primero débil, después firme, de que parte de ese paisaje se movía delante de sus propios ojos. Los volvió hacia arriba y su rostro se contrajo. El cielo monstruoso, lleno de estrellas, el cielo entero giraba de costado. Parecía quieto como la muerte y, sin embargo, se movía".

Poco a poco, Kit va hundiéndose en las mismas visiones de Port, sólo que, para ella, el vacío es angustia, la amenaza de un cielo monstruoso que la aplasta contra la tierra. Desesperada, se refugia en la casa de su único amigo en Sba, el judío Daoud Zozef.
Zozef contrariando su sistema de presagios, le dice que Dios nos envía los signos para nuestro bien. Es su oportunidad de comprender, de liberarse de sus fobias. Pero ella no puede comprenderlo, sólo vé en el universo cabalístico la conspiración de "un dios receloso y vengativo".

Finalmente, sin poder tolerar la angustia del encierro en el fuerte, cansada de cuidar a Port, se lanza a caminar por las calles del pueblo. Desde el desierto llega el ruido de un motor, un camión de El Ga'a; corre a su encuentro y tropieza con Tunner que viene a buscarla desde Bou Noura.
Olvidándose de Port, abandonándose a las caricias de Tunner, experimenta un extraño alivio; la liberación de todas las cargas de su existencia: "¡Qué delicia no ser responsable, no tener que decidir nada de lo que iba a suceder!"
Mientras hace el amor con Tunner, la luna brilla como un sol blanco y frío, las sombras de las palmeras, proyectándose como saetas, trazan en la arena un dibujo monótono. Al mismo tiempo, en el cuarto del fuerte, Port,con el vientre apuñalado por la peste, agoniza en medio de una terrible pesadilla:

"Cuando recibió el golpe gritó de nuevo, extendiendo las manos para cubrir el agujero que se había abierto en su vientre... Abrió los ojos y sólo vió el cielo tenue, tendido sobre él para protegerlo. Lentamente se abriría la grieta, el cielo retrocedería y el podría ver detrás, aquello de lo que nunca había dudado, acercándose a la velocidad de millones de vientos. Su grito era una cosa separada de él mismo, estaba a su lado, en el desierto.

Kit se aferra a Tunner desesperadamente, llorando, sin poder olvidar a Port. En una misma secuencia, el grito de Port hundiéndose en la muerte y el triste placer de Kit entregándose a Tunner:
—¡Oh! Tunner. ¡Lo quiero tanto! —sollozó apretándose más contra él. ¡Lo quiero! ¡Lo quiero!
Bajo la luz de la luna, Tunner sonrió.
Su grito atravesó la imagen final: las manchas de sangre fresca y brillante sobre la tierra. Sangre y excrementos. Y el momento supremo, arriba, dominando el desierto, cuando los dos elementos, sangre y excrementos, largo tiempo separados, se funden.
En la claridad del cielo nocturno aparece una estrella negra, un punto de sombra. Punto de sombra y puerta del reposo. Vé más lejos, traspasa la fina trama del cielo protector, descansa".


Última edición por Gabriel_Sarando el Sáb Mar 20, 2010 6:44 pm, editado 15 veces

Gabriel_Sarando
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Re: Fragmentos de un Viaje hacia la Nada. Sheltering Sky.

Mensaje  Gabriel_Sarando el Dom Mar 14, 2010 6:43 pm

Sheltering Sky II

Llorando sobre tu tumba

"Nada tiene de malo un mundo en el que puedes conseguir amor por un puñado de pelos".
Mohammed Mrabet y Paul Bowles. Amor por un puñado de pelos.


De regreso a la fortaleza, Kit descubre la presencia inconfundible de la muerte:
"Abrió las puertas. Port yacía en una posición extraña. Ese rincón del cuarto era como una fotografía inmóvil proyectada en la pantalla entre de un flujo de imágenes móviles... '¡Nó!', gritó una sola vez. Nada más. Se quedó absolutamente inmóvil un largo rato, con la cabeza erguida mirando la pared.
Dentro de ella nada se movía; tenía conciencia de que no había nada, ni afuera ni adentro... Después se acostó junto a Port como si fuera a dormir a su lado... sus ojos abiertos miraban casi tan fijamente como los de él... nunca volvería a tener conciencia de la presencia de Kit, de modo que en realidad sería ella la que había dejado de existir... la que había entrado parcialmente en el reino de los muertos; mientras que él persistiría como una angustia en el fondo de ella misma".

Mientras descubre que una parte de ella misma ha muerto, o que, al desaparecer uno de los elementos de esa relación especular ambos han quedado, en cierta medida, invalidados "la embarga una extraña sensación de autenticidad y libertad... /son/ los primeros momentos de una nueva vida, una vida extraña, dominada por la intemporalidad".

El espejo se ha roto exiliándola fuera del tiempo. Ella también ha sido excluída por participar de la diferencia de Port, pero esta exclusión la libera de sus terrores, la hace olvidar su sistema de presagios. El orden cabalístico sólo existe bajo la férula del tiempo.
Sometida al “pensamiento” de Port, Kit había segregado sus miedos, sus obsesiones; liberada de la temporalidad siniestra que Port hacía pesar sobre su mundo infantil y femenino, Kit recupera lo que había suprimido en su relación matrimonial. Su cuerpo, liberado de la amenaza de muerte que Port hacía pender sobre ella, queda exonerado de las garras del tiempo.

Port le había dicho: "La muerte está siempre en camino, pero el hecho de que no sepamos cuando llega, parece suprimir la finitud de la vida. Lo que tanto odiamos es esa precisión terrible. Como no sabemos, llegamos a pensar que la vida es un pozo inagotable. Sin embargo, todas las cosas ocurren sólo un cierto número de veces, en realidad muy pocas. ¿Cuántas veces recordarás cierta tarde de tu infancia, una tarde que es para tí tan entrañable que ni siquiera podrías concebir tu vida sin ella? Quizás cuatro o cinco veces más... ¿Cuántas veces más mirarás salir la luna llena? Quizás veinte. Y sin embargo, todo parece ilimitado".

Después de la muerte de Port, Kitt recupera, su sentido común de mujer americana. Durante casi una hora, se dedica a preparar el maletín, recogiendo cuidadosamente todos sus cosméticos. Mientras ordena sus objetos personales con una escrupulosa lentitud ni siquiera dirige la mirada al rincón donde yace su marido. No derramó ni una lágrima y se limitó a preparar un plan de huída que excluía cualquier reencuentro con Tunner o cualquier preocupación por los funerales de su esposo.
Al despedirse le acaricia la cabeza: "era una despedida silenciosa... un zumbido de rara intensidad le hizo abrir los ojos. Contempló fascinada a dos moscas que se entregaban a un amor breve y frenético en el labio inferior de Port".

Con este epitafio se cierra la historia del matrimonio Moresby y comienza el viaje de la otra Kit en busca de su propio destino. Ese destino está marcado por la recuperación de su cuerpo oprimido por el “pensamiento” de Port y por su atávica represión sexual. Mientras se baña en una alberca del oasis, en el límite con el desierto, piensa que jamás volverá a ponerse histérica. La muerte de Port es tambiém el final de sus fobias.
El baño en el oasis es una de las escenas mas bellas de la novela; se trata de un baño iniciático, un rito de pasaje al estilo de los antiguos bautismos. En la terrible aridez del desierto, el agua adquiere un poder mágico; el baño es una exaltación de la vida que consagra la liberación de Kit:

"... el rumor líquido de los arroyuelos que corrían por todas partes, hizo su efecto sin que ella lo advirtiera: de pronto sintió la sequedad.
La frialdad de la luna y el suave movimiento de las sombras contribuían a borrar esa impresión, pero pensó que sólo se sentiría completamente satisfecha si pudiera estar rodeada de agua...
...hizo volar sus sandalias y se quedó desnuda en las sombras. Sentía nacer en su interior una extraña intensidad. Mientras miraba el jardín en calma tuvo la impresión de que por primera vez desde su infancia veía claramente los objetos. De pronto, la vida estaba allí; no la miraba a través de la ventana, estaba adentro suyo... dió unos pasos bajo la luz de la luna y avanzó lentamente hasta el centro de la alberca. El fondo de arcilla era resbaladizo; en el centro, el agua le llegaba a la cintura. Mientras sumergía todo su cuerpo pensó: 'Jamás volveré a ponerme histérica'...
Se bañó largamente; el frío del agua sobre la piel despertó en ella el impulso de cantar. Cada vez que se agachaba para recoger agua en el cuenco de sus manos, se le escapaba una canción sin palabras. De pronto se detuvo y escuchó. Ya no se oían los tambores, sólo las gotas de agua que caían de su cuerpo a la alberca. Terminó de bañarse en silencio; la exaltación había desaparecido, pero la vida no se había retirado de ella. 'Aquí se queda', murmuró en voz alta, mientras se acercaba a la orilla".

Esa noche, Kit durmió en el oasis de su resurrección sin temores,. Por la mañana, siguiendo el destino de su propio cuerpo —el erotismo y la alteridad que éste engendra—, emprenderá, a su turno, el lento e ineluctable viaje hacia la nada.
Esta última parte de la obra se llama "El Cielo". No ya el cielo protector; sino el cielo "a secas", porque después de la muerte de Port se desvanece la última ilusión acerca de la benevolencia del firmamento. No, el cielo no es humano... Y para que el lector no tenga ninguna duda acerca del destino incierto de Kit, Bowles estampa la fatídica frase de Kafka que durante toda su vida obsesionó a Jane Bowles: "A partir de cierto punto no hay retorno posible. Este es el punto al que hay que llegar".
Al despertar, la mañana siguiente al baño, Kit tiene la certeza de que se encuentra al borde de una nueva vida. Desde el oued baja una caravana de camellos cargados con fardos de lana. Detrás de la procesión, dos imponentes jinetes montados en altos mehara:

"...los anillos en las narices y las riendas les daban una expresión aún mas desdeñosa que las de los que los predecedían. Aún antes de ver a los dos hombres supo que los acompañaría, y esa certidumbre le dió una inesperada sensación de poder; ahora, en vez de sentir los presagios, ella los creaba; ella era un presagio. Pero ese descubrimiento de sus nuevas posibilidades no le asombró demasiado".

Abandonándose a la suerte, Kit se marcha con la caravana, hundiéndose en el desierto interminable. Ni siquiera pegunta hacia donde se dirigen, lo único que quiere es alejarse del cadáver de Port, de la presencia de Tunner; de su pasado, de su identidad. Ahora ella es un presagio, el presagio de la alteridad. Extraña paradoja por la que Kit, recuperándose a sí misma en su cuerpo, se pierde en él sin remedio.
"Sólo se puede cambiar nuestro propio destino por otro peor". Al huir desesperadamente, al abandonar su sistema de presagios, su orden obsesivo, pierde también toda dirección posible, todo sentido. La trama del cielo se cumple inexorablemente, liberada del tiempo y de la identidad, para Kit ya no habrá retorno posible.

Bajo el calor del sol, las lentas subidas de las crestas y los serenos descensos se alternaban sin cesar; ella sentía la presión viviente, insistente del brazo del hombre. No se planteaba problemas se contentaba con estar tranquila y ver el suave e inmutable paisaje.
En realidad, se le ocurrió varias veces que no se movían, que el borde afilado de la duna por la que se desplazaban era la misma duna que habían dejado atrás mucho antes, que no era cuestión de ir a alguna parte cuando no estaba en ninguna. Y estas sensaciones le produjeron una ligera turbación. '¿Estoy muerta?', se dijo. Pero sin angustia, porque sabía que nó. Mientras pudiera hacerse la pregunta: '¿Existe algo?' y responder 'Sí', no podía estar muerta.
Además, estaba el cielo; el sol; la arena; la cadencia lenta y monótona del mehari.
Pero al llegar la noche, el brazo del jinete que la conduce —siguiendo los destinos de su cuerpo—, introduce a una nueva sumisión. Port la había oprimido con su pensamiento ahora, el placer que le proporcionará Belqassim será aún mas comprometedor para su identidad:

"Allí, en el centro de una manta blanca, estaba la silueta oscura de Belqassim mirando hacia el lugar del cielo donde aparecería la luna.
Belqassim extendió el brazo y tirando de la falda de Kit la tumbó bruscamente a su lado.
—¡No!, no, no, gritó Kit, mientras el le hechaba la cabeza hacia atrás.
Las estrellas se precipitaron en el espacio negro.
La envolvió completamente, con una fuerza invencible. Kit no podía hacer un solo movimiento que el no autorizara. Al principio se puso rígida, jadeante de cólera, luchando encarnizadamente contra él; aunque, en realidad, la batalla se libraba en su interior. Después reconoció su impotencia y la aceptó.
Muy pronto, sólo tuvo conciencia de sus labios; del aliento que salía de su boca, delicado y fresco como una mañana primaveral en la infancia.
Había una especie de animalidad en la firmeza con que la abrazaba, afectuoso, sensual; totalmente irracional. Suave, pero tan decidido que sólo la muerte podía vencerlo.
Estaba sola en un universo vasto e irreconocible, pero sola apenas un instante, porque comprendió que esa presencia carnal y amistosa estaba con ella. Entonces, poco a poco, empezó a considerarlo con ternura; todos los actos, todas las pequeñas atenciones que la colmaban, le estaban destinadas. Había en su manera de actuar, un perfecto equilibrio entre la suavidad y la violencia que le proporcionaban un particular deleite. Salió la luna sin que ella la viera".

Pero ese momento maravilloso se vé interrumpido por una voz brusca —¡Yah Belquassim!—. Era el otro jefe de la caravana, un hombre hirsuto y brutal con quien Belquassim debe compartir su presa. Sometida a esta doble violación cada noche, Kit se vuelve una prisionera de los sentidos. Poco a poco, su adicción a Belqassim se transforma en una total dependencia; el también la quiere y logra interponerse ante el otro targui, pero esto no es más que el inicio de nuevas complicaciones.
Para poder introducirla en su casa sin despertar los celos de sus otras tres mujeres, Belqassim la viste de hombre y la obliga a guardar un silencio absoluto.
Kit debe fingir que es muda y vive encerrada en un pequeño cuarto de un villorio ubicado en algún lugar de Argelia.
La voluptuosidad de sus encuentros con Belqassim va increscendo hasta convertirse en una verdadera enajenación. Ya no hace más que esperarlo cada día, hasta que su dependencia es total. Cuando las otras mujeres de Belqassim descubren que su marido tiene una amante, estalla un escándalo.
Para cumplir con la ley musulmana el debe tomarla por esposa. Pero la renovada posesión que ejerce sobre ella después de su matrimonio desemboca en un abismo de los sentidos:

"Ahora que era su dueño absoluto, había en él un salvajismo nuevo, una especie de abandono furioso. La cama era un mar embravecido. Kit estaba a merced de su violencia; del caos de las enormes olas que caían sobre ella.
¿Por qué en lo más fuerte de la tempestad dos manos de ahogado le apretaban la garganta? ... Hasta el punto en que la enorme música del mar gris quedó cubierta por otro sonido mas fuerte, más sombrío: el bramido de la nada que escucha el alma cuando se asoma al abismo".

En una carta acerca de la publicación de A Delicate Prey, Alice Toklas le decía a Paul: "El recuerdo, esta mañana, es la delicadeza perfecta, precisa y aguda /de tus cuentos/; pero el destino macabro que alcanza a todas tus víctimas, no es de mi gusto".
Lo mismo podría decirse de Sheltering Sky; la maldición arrojada sobre el matrimonio Moresby —sobre su propio matrimonio—, no deja escapatoria alguna. Cuando a costa de una total dualidad y una absoluta inmoralidad Kit parecía haber escapado a la destrucción, el asedio implacable de la nada vuelve otra vez apoderándose de su destino, hundiéndola en una suerte de locura sensual.
Si Port había pagado un precio muy alto por su pensamiento, Kit recibirá como retribución de su sensualidad recuperada la maldición del delirio sensitivo; la ninfomanía y la ausencia de todo pensamiento. Al vaciarse de Port su corazón ha quedado hueco para siempre.


Un tranvía llamado locura

"Ella cree que tiene un segundo corazón y — precisamente, porque así lo cree—, puede aceptar una mentira y defenderla. Su loco aferrarse a esa falsa creencia es el resultado de no desear descubrir que, en realidad, sólo tiene un corazón ... Protege su mentira ... guarda su falsa fé para no conformarse con su corazón único.
El corazón único es ella misma ... es sufrimiento ... es Dios... es nada ...".
Jane Bowles. In the Summer House.[Fragmento inédito]


La siguiente etapa del viaje de Kit, la pérdida de la razón y la certeza de que ha sido envenenada con algún extraño brebaje, dieron pie a las fantasías de Jane: Sheltering Sky era una profecía sobre su propio destino.
Al parecer, varias de las vicisitudes de Kit produjeron un terrible impacto en Jane, quien se identificó completamente con el personaje. Las fantasías de violación comunes al complejo destino del lesbianismo, la obsesión cabalística forjada en la infancia judía; las fobias que siempre la habían aquejado y su particular relación con el Dios de la tradición bíblica, vivido por momentos como un agente vengador de sus fantasías sexuales. Todo este sistema persecutorio que había torturado a Jane durante años, convergía en la sospecha, —alimentada, a veces, por Paul—, de una caída irremediable en la locura. Cuando todo ese terrible aparejo de autopunición fue disparado por las manipulaciones de Cheriffa que, seguramente incluyeron el uso del majoun, la profecía se volvió una terrible realidad. Jane no hizo mas que seguir el patrón diseñado en Sheltering Sky.

En la novela, la sirvienta negra que pone el majoun en la comida de Kit —para intensificar su voluptuosidad—, le dá mas tarde un brebaje adormecedor y terrible en el que se insinúa un envenenamiento acumulativo. La reacción posterior de Kit, su fuga de la casa y su intento por enviar un telegrama de socorro naufragan en la terrible escalada del sin sentido.
Perdida en las calles de un pueblo desconocido, suspendida entre las rocas y el mar, torturada por un sol abrasador, escucha —al llegar al mercado—, las voces de las mujeres que ríen de su aspecto. Va vestida como una mujer musulmana y camina sin rumbo entre los puestos malolientes. Desesperada por la sed, se abalanza sobre un pote de quefir y bebe hasta hartarse; cuando tiene que pagar, sólo atina a balbucear y entregándole a la mujer del puesto una moneda extranjera se abalanza sobre el primer hombre que pasa buscando protección:

"Por la calle del mercado pasa, al trote, un caballo blanco montado por un negro alto, de uniforme caqui; el rostro ornado de profundas cicatrices, como una máscara tallada en madera.
Kit escapó de las mujeres y le tendió los brazos esperando que la alzara, pero el la miró de costado y siguió su camino. Otro negro, Amar, la toma del brazo y la lleva hasta un café cercano; es una dama francesa, —le dice a la patrona.
—¡Llévatela al burdel de donde la sacaste!; ¡et ne viens plus m'emmerder avec tes sales putaines!

Finalmente, Kit se encuentra sola en el techo del café:

"... hacía un calor sofocante. El zumbido de las moscas ahogaba los parloteos confusos que subían desde el mercado. Se sentó. Un momento más y empezaría a derretirse. Cerró los ojos y las moscas le cubrieron la cara; se posaban, salían volando y volvían a posarse con una intensidad frenética.
Abrió los ojos, la ciudad la rodeaba. Sobre las azoteas caían cascadas de luz crepitante. Poco a poco, sus ojos se habituaron al terrible resplandor. Miró los objetos abandonados a su alrededor en el piso de tierra: pedazos de trapo, el esqueleto seco de un extraño lagarto gris; cajas de fósforos rotas y descoloridas. Montones de plumas de gallina pegoteadas de sangre oscura.
Tenía que llegar a alguna parte; alguien la estaba esperando. ¿Cómo avisar que llegaría tarde? Porque no cabía duda; llegaría mucho mas tarde".

El tiempo ha girado, la clepsidra se inclina peligrosamente en un encuentro con el origen. El tiempo ha estado esperando desde que perdiera su reloj en el oasis de Sba. Y los objetos del techo, caos transparente en el que se adivina un designio mágico: la piel del lagarto, las plumas ensangrentadas y las cajitas de fósforos, forman un still life que sustituye al antiguo sistema de presagios. Los signos han vuelto con el tiempo, sólo que ahora Kit ya no puede encontrarse con ellos. Ha llegado tarde, no podrá encontrarse con nadie, con nada.
Al llegar al correo, con la ayuda de Amar, envía un telegrama sin destinatario ni remitente. El texto dice algo sin sentido: "Imposible volver".
La expresión del empleado la aterroriza, cree que quieren atraparla y escapa por las calles del pueblo en medio de una creciente confusión. Amar la sigue y trata de protegerla. Ella se entrega como lo había hecho antes, es sólo otro desconocido.
Después de hacer el amor, escucha sus palabras como una voz anónima:

"La voz continuaba hablando. Finalmente, Kit se recostó de nuevo, pero seguía convencida de que era el final; no tardarían en encontrarla. La pondrían frente a un espejo y le dirían: '¡Mira!'; y ella tendría que mirar. Allí se acabaría todo. El sueño negro se haría trizas, la luz del terror sería constante; un proyector implacable la enfocaría volviendo su dolor insoportable... Se acurrucó contra él, temblaba. Amar se acercó y la abrazó. Cuando volvió a abrir los ojos, la habitación estaba a oscuras".

Por una gestión de las autoridades francesas y de la embajada americana en Tánger, Katherine Moresby fue repatriada a Marruecos poco tiempo después. Al bajar del viejo bimotor de la Transafricaine la espera un coche oficial; allí está Miss Ferry, quien ha recibido el día anterior una extraña asignación de su directora, Miss Clarke: "Tengo un trabajito para usted —le había dicho—. Mañana por la tarde; se trata de la loca perdida en Sudán". Mientras el viejo Junker de la compañía Transafricaine trepida bajo el sol, Miss Ferry piensa que, "hay algo repulsivo en un americano sin un peso en el bolsillo".

Una vez de regreso en Tánger, Miss Ferry trata de indagarla sobre lo ocurrido:

"—¿Cuánto tiempo pasó allá?
—Demasiado.
—¿Hacía mucho que se sentía mal? —Kit la miró— telegrafiaron diciendo que estaba enferma.
Sin molestarse en responder Miss Moresby contempló el paisaje que se oscurecía gradualmente. A lo lejos se veían las luces de la ciudad. 'Debe ser eso', pensó. Era lo que le había ocurrido, probablemente había estado enferma durante años enteros. '¿Pero como puedo estar aquí sentada y no saberlo?', se preguntó.

Cuando Miss Ferry le cuenta que Tunner ha estado escribiendo a la embajada durante todos estos meses y que, probablemente, esté esperándola, Kit se queda inmóvil, paralizada ante la sola idea de enfrentarse con él.
Llegan a la puerta del hotel, Miss Ferry le tiende la mano y le pide que pase al día siguiente por el Consulado a recoger sus papeles:

"La mano seguía allí tendida; no hubo respuesta. Mrs. Moresby parecía de piedra. Su rostro, bajo las sombras proyectadas por los transeúntes o iluminada por el neón del hotel, había cambiado tanto que Miss Ferry se asustó. Miró un segundo sus pupilas notoriamente dilatadas y se dijo: '¡Dios mío, esta mujer está loca!'..."

La escena final es estremecedora: dos empleados del hotel van a buscar a Kit y encuentran el taxi vacío. Le peguntan al conductor, pero no obtienen mas respuesta que un encogimiento de hombros:

"En ese momento pasó un tranvía atestado de dockers indígenas vestidos con overoles azules. En el interior, las luces parpadeaban; los pasajeros de pié se sacudían, tambaleándose con cada movimiento. Dobló en la esquina haciendo sonar la campanilla y empezó a subir la cuesta. Pasó delante del café d'Eckmühl-Noisaux, cuyos toldos restallaban con la brisa del atardecer; frente al bar Métropole, con su radio atronadora y frente al Café de France, resplandeciente de cobres y espejos.
Avanzó estrepitosamente, abriéndose paso entre la multitud que llenaba la calle, giró en otra esquina e inició la lenta subida de la Avenue Gallieni. Las luces del puerto aparecieron abajo, deformadas, moviéndose sobre las aguas tranquilas. Las casas se volvieron mas desvencijadas, las calles más oscuras. Al entrar en el barrio árabe, el tranvía, siempre lleno, describió una amplia curva y se detuvo: era el final del recorrido".


Epílogo

Todo lo inevitable es necesario.
Paul Bowles. Without stopping.

La historia literaria de Jane Bowles se inicia con un encuentro sorprendente. Mientras viajaba de regreso a Estados Unidos —en la primavera de 1934—, mientras estaba en la borda del transatlántico Champlain leyendo Voyage au bout de la nuit, un desconocido se le acercó; entonces se produjo este curioso diálogo:

"— Veo que que estas leyendo a Céline.
— Es uno de los mejores escritores del mundo —le respondió.
—Yo soy Céline —le contestó el otro".

Parecía una señal. El escritor y la joven lectora pasaron gran parte del viaje juntos. Cuando llegaron a Nueva York, Jane le dijo a su madre: 'Soy escritora y quiero escribir'.

El carácter premonitorio de toda literatura ha sido aceptado comúnmente como otra muestra de la unidad del espíritu humano; lo que nunca se ha discutido suficientemente es, cuánto influyen nuestros vaticinios sobre el curso real de los acontecimientos.
Al considerar el efecto que Sheltering Sky tuvo en la vida del matrimonio Bowles y la misteriosa forma en que la locura de Kit Moresby preanunció la demencia de Jane, uno estaría tentado de afirmar con Paul que "Todo lo inevitable es necesario", es decir que rendidos ante el dolor de la evidencia, Jane estaba condenada de antemano.
Pero entonces, ¿por qué el destino se empeñó en hablar de esa manera? En qué medida, la palabra de ese oráculo —"Imposible volver"—, condensaba toda la parábola de los extranjeros devorados por el espíritu de Arabia. Como las tres mujeres que querían beber té en el Sahara, el matrimonio Bowles/Moresby fué devorado finalmente por la tierra de sus sueños.
Varios años después —en Up above the world—, Paul volvió a reincidir en el tema: una pareja de americanos visita un extraño país centroamericano y cae víctima de un psicópata que los intoxica con diversas drogas para ocultar el matricidio que ellos, sin saberlo, han presenciado. El final del viaje es el horror, la intoxicación y la muerte. En todo ello hay una extraña complicidad de la tierra, como sí una venganza secreta contra el hombre blanco se tejiera a expensas de los naturales que se le acercan sólo para victimarlo —casi siempre por vía de la intoxicación.
Este leitmotiv —que ya se había insinuado en A Delicate Prey—, donde un profesor de lenguas es mutilado por una tribu de nómades, configura una suerte de Némesis de las tierras vírgenes —alentada secretamente por las fantasías vengativas de Paul con respecto a Occidente.
En todo caso, puesto que es necesario cerrar aquí el tema, la obra de Bowles traza la última parábola del hombre blanco que huye a lo salvaje para escapar a su civilización y termina cayendo víctima de una conspiración en la que la naturaleza, la barbarie y los instintos le juegan una mala pasada.
Baudelaire dijo alguna vez que “sólo podemos cambiar nuestro destino por otro peor”. Esta parábola de los "Paraísos Artificiales" que pretendía condenar el recurso a las drogas por por parte de simbolistas y décadénts, es válida también para condenar otra moda romántica: la huída del mundo y el recurso a las tierras vírgenes como salida del Weltshmerz.
Los Bowles parecen encarnar de manera privilegiada la condición equívoca de aquellos que pretenden escapar a su propio destino. El viaje interminable y la búsqueda de un imposible olvido de sí, deviene entonces, un terrible viaje hacia la nada.

Gabriel_Sarando
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Re: Fragmentos de un Viaje hacia la Nada. Sheltering Sky.

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